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31 mayo 2013

Tai/pei/Tao/Lin.

La droga que mató a David Foster Wallace es la droga que da la vida a la generación de escritores que ahora le sucede. Estoy hablando de la monotonía. De la depresión. Del Xanax. Estoy hablando de esa clase de medicación que fatalmente recetada le empujó a acabar con sus días; y a esa medicación, la misma, que los poetas y narradores veinteañeros de Estados Unidos guardan en sus bolsillos como si fueran golosinas. Yo nunca había probado el Xanax hasta que Tao Lin y Megan Boyle vinieron a España hace dos años. Estábamos en la piscina del edificio de los padres de mi novio, sufriendo una gran resaca y casi sin haber dormido cuando Megan abrió una cajita, sacó un trozo verdoso de pastilla y me invitó: chupa. Lo cierto es que sentí poco. O apenas nada. Quizá el relax de la tarde, del sol, un masaje en el cerebro y aquel sabor asqueroso de la pastilla. Así que esto es el Xanax, pensé. Este es el “no sentir” del que tantos escritores a los que adoro hablan. Fue esa tarde en la piscina, después de saltar un par de veces, salpicar otras tantas y quemarnos las piernas y la espalda, cuando Tao Lin se levantó de la hierba con el MacBook en la mano y anunció que acababa de recibir una gran oferta para publicar su próxima novela en Random House. 50.000 dólares, nada más y nada menos: un wow surgió de nosotros a modo de celebración; colocados entonces por la droga que mató a nuestro novelista preferido, y también por la joven brisa veraniega que en aquella piscina de Pacífico se respiraba.

24 mayo 2013

Guarradas.


Ya no mola ser bonita, ni ser deseada, ni mucho menos presumir de follar. Lo que mola cuando uno termina Zonas húmedas de Charlotte Roche (Anagrama, 2009) es haber sido capaz de reírse del sufrimiento propio, del mal olor propio, de la propia estupidez. Porque Zonas húmedas no es un libro sobre sexo adolescente sino una biografía del sufrimiento a través de la historia de una chavala de dieciocho años que está bastante mal de la cabeza, y a la que encima le gusta estarlo. A pesar de las innumerables escenas “pornográficas” que encontramos a lo largo del libro, lo que Helen nos está pidiendo realmente es que le hagamos caso. Que la miremos. Que ayudemos a que sus padres vuelvan a hablarse. Que, por favor, le concedamos nuestro cariño.

Algo parecido le ocurre a Madison, la protagonista de Condenada, de Chuck Palahniuk (Literatura Mondadori, 2013). Ella, al contrario que Helen, es completamente virgen, pero mantiene una relación con sus padres muy similar: no están divorciados pero pasan de ella y sólo se centran en sí mismos, sin darse cuenta de que su hija preadolescente está enfrentándose a cosas terribles... tan terribles que le llevarán a la muerte. Y será precisamente desde la muerte -desde un peculiar, surrealista y asqueroso infierno- desde donde Madison nos hablará.

Helen desde el hospital, Madison desde el inframundo. Ambas con ese lenguaje guarro y detestable. Con esa mente sucia e incluso bastante masculina. Gracias a la primera encontraremos pelos, menstruaciones y anos operados. Gracias a la segunda encontraremos violencia infantil, drogas y lugares hediondos. El libro de Roche me gustó mucho al principio, pero me pareció que perdía bastante fuerza a partir de la mitad y estuve a punto de abandonarlo. El libro de Palahniuk me hizo reír a carcajada limpia y creo que a quien le guste mucho este autor, Condenada le parecerá una de sus mejores y más locas maravillas.

Y bueno. Eso es todo. Feliz viernes.  

23 marzo 2012

Escribir desde el estómago.

Betty Blue
Piensa en los animales que se emplean al experimentar productos.
Piensa en los monos que lanzan al espacio.
-Sin sus muertes, su dolor, sin su sacrificio -dice Tyler-, no tendríamos nada.
Chuck Palahniuk