La
droga que mató a David
Foster Wallace es
la droga que da la vida a la generación de escritores que ahora le
sucede. Estoy hablando de la monotonía. De la depresión. Del Xanax.
Estoy hablando de esa clase de medicación que fatalmente recetada le
empujó a acabar con sus días; y a esa medicación, la
misma,
que los poetas y narradores veinteañeros de Estados Unidos guardan
en sus bolsillos como si fueran golosinas. Yo nunca había probado el
Xanax hasta que Tao
Lin y Megan
Boyle vinieron
a España hace dos años. Estábamos en la piscina del edificio de
los padres de mi novio, sufriendo una gran resaca y casi sin haber
dormido cuando Megan abrió una cajita, sacó un trozo verdoso de
pastilla y me invitó: chupa.
Lo cierto es que sentí poco. O apenas nada. Quizá el relax de la
tarde, del sol, un masaje en el cerebro y aquel sabor asqueroso de la
pastilla. Así
que esto es el Xanax,
pensé. Este
es el “no sentir” del que tantos escritores a los que adoro
hablan.
Fue esa tarde en la piscina, después de saltar un par de veces,
salpicar otras tantas y quemarnos las piernas y la espalda, cuando
Tao Lin se levantó de la hierba con el MacBook en la mano y anunció
que acababa de recibir una gran oferta para publicar su próxima
novela en Random House. 50.000 dólares, nada más y nada menos:
un wow surgió
de nosotros a modo de celebración; colocados entonces por la droga
que mató a nuestro novelista preferido, y también por la joven
brisa veraniega que en aquella piscina de Pacífico se respiraba.
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31 mayo 2013
Tai/pei/Tao/Lin.
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Tao Lin
24 mayo 2013
Guarradas.
Ya no mola ser bonita, ni
ser deseada, ni mucho menos presumir de follar. Lo que mola cuando
uno termina Zonas húmedas de Charlotte Roche (Anagrama, 2009)
es haber sido capaz de reírse del sufrimiento propio, del mal olor
propio, de la propia estupidez. Porque Zonas húmedas no es un
libro sobre sexo adolescente sino una biografía del sufrimiento a
través de la historia de una chavala de dieciocho años que está
bastante mal de la cabeza, y a la que encima le gusta estarlo. A
pesar de las innumerables escenas “pornográficas” que
encontramos a lo largo del libro, lo que Helen nos está pidiendo
realmente es que le hagamos caso. Que la miremos. Que ayudemos a que
sus padres vuelvan a hablarse. Que, por favor, le concedamos nuestro
cariño.
Algo parecido le ocurre a
Madison, la protagonista de Condenada, de Chuck Palahniuk
(Literatura Mondadori, 2013). Ella, al contrario que Helen, es
completamente virgen, pero mantiene una relación con sus padres muy
similar: no están divorciados pero pasan de ella y sólo se centran
en sí mismos, sin darse cuenta de que su hija preadolescente está
enfrentándose a cosas terribles... tan terribles que le llevarán a
la muerte. Y será precisamente desde la muerte -desde un peculiar,
surrealista y asqueroso infierno- desde donde Madison nos hablará.
Helen desde el hospital,
Madison desde el inframundo. Ambas con ese lenguaje guarro y
detestable. Con esa mente sucia e incluso bastante masculina. Gracias
a la primera encontraremos pelos, menstruaciones y anos operados.
Gracias a la segunda encontraremos violencia infantil, drogas y
lugares hediondos. El libro de Roche me gustó mucho al principio,
pero me pareció que perdía bastante fuerza a partir de la mitad y
estuve a punto de abandonarlo. El libro de Palahniuk me hizo reír a
carcajada limpia y creo que a quien le guste mucho este autor,
Condenada le parecerá una de sus mejores y más locas
maravillas.
Y bueno. Eso es todo.
Feliz viernes.
23 marzo 2012
Escribir desde el estómago.
Betty Blue
Piensa en los animales que se
emplean al experimentar productos.
Piensa en los monos que lanzan al
espacio.
-Sin sus muertes, su dolor, sin su
sacrificio -dice Tyler-, no tendríamos nada.
Chuck Palahniuk
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