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22 noviembre 2016

Buganvillas en el jardín del hospital pediátrico.


cuando dijeron mira qué pollo tan lindo
no me imaginaba esto
el pitido de tu bronquio ardoroso
tu pelo sudado o que tocarte fuera
como pelar un huevo recién hervido
entre mimo y escozor
entre esmero y cuánto quema
en la cama contigua del hospital pediátrico
el vecinito dice no quiero que sea de noche
tu pelo liso tu bronquio liso tu sangre
excelente ya
cuando alabaron qué pollo tan bueno
imaginaba un pío quejica
y no esta dulzura con la que miras
las manos flacas de la enfermera
con el pie rojo punzado
con la máscara darth vader humeante
con la sonrisa de no saber qué es angustia
pollín herido todo templanza

01 marzo 2016

Enero-Febrero 2016: mis 6 lecturas preferidas.


Dos novelas que son, en realidad, un homenaje a otros dos novelistas que me impresionan: así fueron mis lecturas —link a PlayGround va— de Oona y Salinger, de Frédéric Beigbeder (Anagrama) y Cada noche, cadanoche, de Lola López Mondéjar (Siruela). 



En la primera, el guapo de Frédéric narra una historia de amor espinosa que, a su parecer, configuraría el corazón oscuro y dolorido del autor de El guardián entre el centeno. Creo que lo más bruto de este libro son sus reflexiones sobre la vejez, y sobre cómo el hombre —el macho, no el hombre como ser humano en general— necesita mantener relaciones sexuales con cuerpos más jóvenes que el suyo para sentir que sobrevive.



De relaciones sexuales entre hombres mayores y chicas jóvenes también va la novela de López Mondéjar, basada en Lolita, y con un punto de vista bastante polémico de la gran obra de Vladimir Nabokov. En estas páginas lo que encontramos es a la hija imaginaria de Dolores Haze, quien decide vengarse del pedófilo que acosó y maltrató a su madre cuando esta era una adolescente. ¿Puede un tema como la pedofilia ser bello? Esa es una de las preguntas que nos come la cabeza cuando leemos Cada noche, cada noche.



Plagado de referencias literarias, también, está el libro Apuntes sobre el suicidio (Alpha Decay), un brevísimo ensayo que nos pasea por la literatura, el arte y sus suicidas, desde David Foster Wallace hasta Edouard Levé, pasando por algunas voces clásicas como la de Sylvia Plath o Albert Camus. Para los seguidores de esos autores, y también para los que encuentran en el suicidio y en la enfermedad un tema más mágico que doloroso, este libro es imprescindible.



Y de la enfermedad de la literatura, pasamos a las enfermedades reales, o quizá a las enfermedades no reales, como es el caso de las que narra Suzanne O’Sullivan en Todo está en tu cabeza. Aquí la neuróloga explica algunos casos curiosísimos de enfermedades psicosomáticas, y cómo a veces el cuerpo reacciona de manera negativa a cosas que sólo están en nuestro recuerdo, en nuestro miedo, en nuestra manera de ser. Todo está en tu cabeza —ah, esto es lo que también escribí enPlayGround— es un libro para los que no tienen miedo de mirarse el cerebro, masajeárselo. Un libro para los que saben que por muy locos que parezcan, no lo están.



Quizá un tratamiento parecido a los que recomienda Sullivan le vendría bien al protagonista de Las flores del mal, vol 8. Este es uno de mis mangas preferidos, no sólo por la obvia referencia a Charles Baudelaire sino porque trata el tema del desasosiego adolescente de una manera bellísima, a través de la oscuridad, de la poesía, y del sexo. En este volumen, el mangaka Shuzo Oshimi nos vuelve a traer a un Kasuga enamoradizo y peligroso. Después de un volumen 7 un poco aburrido, aquí la literatura y el peligro vuelven a latir.



Y por último, sin salir de Japón, uno de los poemarios más especiales que he leído en lo que va de año: Poema a tres voces de Minase. Renga., de Socho, Sogi y Sohaku (Sexto Piso), un clásico de la poesía nipona, absolutamente delicado. Un libro que es casi un objeto o tesoro, en cuyas páginas la naturaleza, el recuerdo y la memoria brillan —perdonad la cursilería de lo que sigue— como insectos veraniegos.




Quienes seguís este blog sabéis que cada vez publico menos, y que en 2016 eliminé la sección de lecturas, porque me saturaba y porque muchas las olvidaba y otras que ponía al final las dejaba a la mitad. El trabajo y la maternidad, y algunos proyectos literarios no me dejan respirar mucho más, por eso he decidido que mensual o bimensualmente iré haciendo recuento de mis lecturas preferidas, para todos los que seguís buscando en esta página un pequeño refugio en el que descubrir cosas chulas.

(Emoji de una florecilla y emoji de un corazón)

24 noviembre 2015

Cosas que hago sola (2).


                                                                              Escenas aburridas de una baja médica

1. Jornadas de 12 horas hablando con dos gatos y un pequeño bebé que ya revolotea. Qué pensarán. Qué dirán de lo que digo. Qué loca creerán que estoy cuando les canto una canción. 

2. Hoy mi madre cumple 43 años. O cumpliría. O habría cumplido. No sé qué forma verbal se utiliza en estos casos, qué fiesta verbal para celebrarlo.

3. He tomado un té de jazmín con Blanca. Me ha regalado una mamá y un bebé oveja de hilo, unidos por un pequeño cordón rojo y umbilical.

4. Ya peso 4 kilos más. El año pasado a estas horas volaba a México. El año que viene a estas horas cuánto pesaré. 

5. En el libro rojo que leo, Maía Virginia Jaua escribe: somos la huella de una muerte, polvo y cenizas de algo que alguna vez ardió y que volverá arder. Saber eso me tranquiliza.


19 noviembre 2015

Cosas que hago sola.

*Escenas aburridas de una baja médica


Se me da muy bien regar las plantas. Limpiarme los restos del carmín de la noche anterior. Incluso si no fui a ningún lado. Incluso si me quedé aquí en la cama leyendo una web en la que explican paso a paso cómo cuidar la buganvilla durante los meses de invierno. Se me da muy bien lavar las sábanas. Tender las sábanas en la terraza a pesar del vértigo. Sueño entonces que un calcetín caerá al vacío y que mi marido se enfadará. Se me da muy bien regañar al gato. Comer quesitos. No trabajar. Lo que mejor se me da de todo es quedarme en silencio. Inconsciente. Sola. Escribir todo el dolorcito que tengo. Todo el miedo del mundo dentro y fuera de la tripa. 

15 abril 2015

No hay milagro más cruel que este.


Mírate. Llevas días sin escribir, aunque en realidad escribes mucho. El amor es un desierto, ¿dónde has leído eso? No lo sabes. Ya no te acuerdas. Mírate. Llevas días mordiéndote las uñas. (Os juro que no intento dar pena, pero no quepo aquí, ni tampoco aquí, ¿me entendéis? Ya no quepo en ningún sitio porque todo es apretadito y tengo escalofríos). Mírate. Llevas días siendo críptica y cruzando los dedos y buscando libros que hablen de ti pero ninguno lo hace. Vas a tener que inventártelo tú. Mírate y escribe. El amor es un desierto. (Os juro que lo he leído en alguna parte y pensé, qué verso más malo). Mírate. Y déjate ya de tonterías. (El glucómetro marca 58. Os juro que todo va a salir bien).

09 enero 2015

Ayer no podía dormir por culpa de Max Blecher.


Todas mis palabras están en una bandeja. Algunas huelen a comida para bebés porque son blandas y no dicen nada. Otras tienen la consistencia de un puñetazo o bien, quizá, de un sueño erecto. Me gusta pensar que voy a comérmelas todas, me gusta pensar que voy a pronunciarlas todas para ti. Veo sólo pornografía subtitulada en mexicano, bebo avellanas machacadas en un vaso de plástico, saco brillo a mis dientes feos con un enjuague de aloe y espero paciente a que el vientre me de permiso para reproducirme. En la pantalla un mensaje de Caterina me recuerda que aún puedo ser útil. En la pantalla el miedo me está dejando fría, muy fría, muy… A quién estoy hablando. De qué me sirve todo esto. Todas mis palabras están en una bandeja. Si espero mucho cantarlas, se me van a pudrir.  

10 diciembre 2014

Escribo esto mientras recuerdo la mañana soleada en San Martín de las Flores.


Perdón al hombre por el hombre
Juan Carlos Mestre

creo que tengo hojas
creo que me florezco
estoy convencida de que los árboles son abuelos feos que nos piropean con sus ramitas
ay
deja de escribir diminutivos como si estuvieras enamorada
ya sé, ya sé, ya sé que has estado de viaje y que cuando uno regresa al hogar después de haber visto
otra tierra
los ojos duermen distintos
las pupilas arden aún
las interrogaciones son tantas
vámonos a vivir a ese lugar donde las cucarachas pasean con soltura
y donde los gatos no habitan los vertederos
porque la basura, ay, la basura
está llena de huesos

creo que tengo exclamaciones
creo que me entumezco
tener 24 años aquí es como ser viejo o como ser tuerto o como ser
carne para los asesinos
para los policías que se llevan descalzos a los muertos
cuántos huesos
cuántos huesecitos pequeños
cuánto redundar en lo redundado redundar en la muerte
ay ay
vámonos a vivir a ese lugar donde las palabras de amor no existen
porque todos los que lo habitan tienen hambre
y porque todos los que ahora lloran conocen nuestra historia

te explico: en san martín de las flores, aquí en tlaquepaque,
los autóctonos no fueron conquistados
se nota en sus facciones
lo reivindican en sus costumbres y comen rana,
me cuentan que comen ancas para ahuyentar a los demonios
yo he llegado a san martín de las flores y hay una voz que me susurra
detesto a los españoles de antes
detesto a los conquistadores
llegaron con enfermedades y con muerte
llegaron a machacar nuestros huesecitos
con su muerte

creo que tengo angustia
creo que me florezco
hace cientos de años de esas historias
y yo llego a san martín de las flores con todas mis enfermedades
la diabetes mellitus el cáncer de ana
la cándida que me hace estéril
la miopía desmesurada
ay
qué país
qué desierto
he venido a comérmelo todo
y creo que me amo
y creo que nos entiendo
perdón al sol por el sol
perdón al hombre por el recuerdo 

07 diciembre 2014

Escribo esto mientras me arranco la costra de una herida y pienso en mi padre.

¿Para qué sirven las cicatrices?
Jesús Carmona Robles 

Me gustaría comenzar todas mis frases con un ¡mira!, o quizá con un oye tío fíjate en esto.
La poesía es fijarse en esto y en aquello,
tal vez,
detenerse en lo que nadie se detuvo porque mira: aquí tengo una cicatriz pequeña y una herida que me hice en México y que todavía sangra. Mira, mira lo que te estoy contando, mira lo que te estoy señalando, mira lo que me estoy mirando, adoro nuestra voz, adoro esta voz que nos anuncia a todos, esta repetición que nos vuelve niños, este bla bla bla bla güei.

Sí,
está sangrando.
La herida oceánica está sangrando hasta el punto de envenenar lo purísimo de mi pijama blanco. Me gustaría comenzar todas mis frases hablando de un pijama, o de una manta, o de una leche que se calienta entre mis manos arrugaditas por el agua. ¿Para que sirven las cicatrices?, pregunta un loco. Y para qué sirvo yo en este lugar y a esta hora exacta si aún tengo sueño, si aún estoy sangrando en homenaje a aquel mosquito furioso que se bebió mis miedos en cualquier noche contaminada de Guadalajara. 

Las cicatrices sirven para recordar.
No.

Las cicatrices sirven para decir lo he superado.
No.

Las cicatrices sirven para escribir un poema.
No.

Las cicatrices sirven para saber que estamos vivos.
Ni de coña.

Las cicatrices son tan bonitas como los labios de mamá.
Es probable.

Las cicatrices son una muralla.
Sí.

Las cicatrices son un órgano sexual.
No.

Las cicatrices son eso que no quiero enseñar porque me da vergüenza.
Como un órgano sexual.

Las cicatrices no sirven para nada.
Sí.

Me gustaría comenzar todas mis frases con un tengo vergüenza, o bien con un estoy sangrando.
La poesía es sangrar sobre esto y sobre aquello,
tal vez,
derramarse en lo que nadie se derrama porque mira: el mundo sigue abierto. El mundo se está abriendo en cada una de nuestras sonrisas. Me gustaría sentirme libre incluso si lloro. Los labios rosados de mamá me recuerdan cuánta depresión, aunque luego también me acuerdo de que la vida en realidad es como un especial de Navidad de una sitcom gringa. Al principio empieza tristísimo, pero hacia la mitad ocurre algo maravilloso y heroico que nos vuelve a reunir a todos.

La cicatriz es celebración. 

Porque oye, tío, fíjate en esto:
ahora estamos cantando. 

15 noviembre 2014

Arrancaste estos dientes con un hilo.

Jessika Tarr
La semana pasada la fotógrafa Dara Scully estrenó el pequeño libro Dientes de leche, en el que un montón de poetas a las que admiro escribían sobre la infancia, lo salvaje de la mirada de los niños, y la animalidad de sus cuerpos crecientes. Daniela Camacho, Natalia Litvinova, Carmen Juan o Ruth Llana, entre otras tantas, ponían voz a esa infancia que tan atrás quedó, y a la que a veces queremos regresar, porque sólo significa refugio. Hace unos meses Scully me pidió un texto perteneciente al libro Pensamientos estériles, y yo le dije que sí. Sin embargo, un poco después, me di cuenta de que tenía que escribir algo nuevo. Últimamente he abandonado algo este blog (siento que si hablo sólo os contaré lo mismo, la misma pena, los mismos dolores, el mismo no saber), pero quiero compartir con vosotros este texto que me inspiró Dientes de leche, y que sin la oportunidad que la joven fotógrafa me brindó no habría podido ser escrito. La bonita antología digital la podéis leer aquí. Mi texto, os lo copio a continuación. 

ARRANCASTE ESTOS DIENTES CON UN HILO

no me gusta la leche
y eso no quiere decir que no sea buena
Letitia Ilea

Aprendo lo que significa sarro cuando aprendo lo que significa diente.
Mamá escondía mis incisivos entre sus tesoros,
quería que el recuerdo de la infancia mordiera al recuerdo del tiempo,
quería, quizá, que algún día yo los encontrara tan tiernos y tan brillantes
como al principio. Aprendo lo que significa basura cuando aprendo
lo que significa luto. Tiro entonces las muelas, los colmillos,
las ridículas gotas de sangre seca que aún huelen a empaste y a anestesia
en aquellas pequeñas cajas de madera que guardaba en su cajón.
Me deshago de mis dientes. Me deshago del recuerdo, lo tiro a la basura
porque lleva consigo palabras que no quiero. Aprendo que ahora el sarro
se parece demasiado a las cenizas. Mi boca. El sabor grisáceo de la
muerte. Mi boca. El sabor grisáceo de los dientes blancos. Mi boca.
Me atraganto impaciente con su leche. La bebo hasta que eructo o la bebo
hasta que lloro. Aprendo lo que significa lágrima cuando aprendo
que ella se ha marchado y que mis manos y mis ojos y mi infancia
fueron su mayor tesoro.  

20 septiembre 2014

«La teoría de los órganos que cantan», por David Meza.


Aleksandra Waliszewska

La teoría de los órganos que cantan
(un fragmento de El Sueño de Visnu)

Bendita sea la sangre que no se sale de mis venas, benditos sean mis músculos que se amoldan a mi cuerpo. He aquí la gracia interna de estar vivos, de poder mover los dedos para acariciar la hoja. La ética de mis pulmones, mis pulmones atados entre sí por una cuerda, que no avanzan más allá de las paredes de mi plexo. He ahí la ética de mi plexo, de mi plexo lunar y azulado, que marca los límites a mi combustión interna.

He ahí la sociedad secreta de mi cuerpo. Son una danza muscular donde la sangre adora a las dos lunas, son un crecimiento de huesos como caricias. Bendita sea mi sangre, bendita mi columna que reúne las costillas como abrazo. Bendito sea mi cuerpo entero, este cuerpo formado en el vientre de mi madre, sin ninguna mano, sin ninguna ayuda. Bendita sea la ética de mis órganos internos, la ética en la que se confabulan, acaso con más precisión que los astros, porque todo dentro de mí yace con vida.

Bendita la formación de mis tendones, como murciélagos azules sujetados de dos cielos. Benditos mis riñones, pendientes de mi cuerpo por dos clavos. Benditos los discos de mi columna, los cartílagos de mis orejas, el cráneo magnífico que me retiene. Bendita la nieve de mis gemelos, y los pueblos hermosos de mis rodillas.

Heme aquí, heme aquí, cuando uno de los órganos enferma los demás lo cuidan. Heme aquí ante la sociedad secreta de mi cuerpo. Heme aquí admirando la bilis, el semen, la orina. Como tropeles blancos de caballos que descienden por el valle, como tropeles de caballos con el número tres dibujado en los cuartos. 

Benditos sean, benditos sean. Una corona de limo para ellos, una reverencia de capa muerta y sueño altivo. Benditos sean, benditos sean, porque me dejan oler los perfumes del tiempo, porque me dejan ver los grandes acantilados, que en realidad son las rodillas de la tierra.

Benditos sean mis cabellos como una corona traviesa, benditos sean los surcos de mi frente, como un despeñadero donde solo crecen las flores más valientes. Benditas sean las praderas de mi brazo, donde las hierbas se inclinan a gozar su sueño. Sean benditos mis pies arqueados, como una escultura risueña que sostiene al mundo. Benditos, benditos sean mis ojos, como papalotes que se escapan de mi cráneo, y vuelan lejanamente a las comarcas de otro cuerpo.

Bendito sea mi pecho, que es el castillo de músculos y nervios, de huesos y tendones, de un pájaro dormido. Su canto es el flujo de los ríos, y el despertar temprano de los árboles en las montañas de mi cuello.

Ahí yace, una confabulación de miembros, una carroza tirada por caballos, que en la tarde se vuelven aves, y que en la noche se vuelven hombres. Ahí, ahí, como un reino donde los músculos del ano se sofocan, y donde los sexos son las flores abiertas de la mañana.

He ahí mi cuerpo, como una risa. He ahí mis brazos, cubiertos de lejanos pueblos y comarcas. En la parte más alta de mi espalda yace un mar que se agita con los movimientos tectónicos de mis pulmones. En la parte más seca de mis tobillos, hay un desierto que ondea largamente por mis años.

Ahí, ahí está mi cuerpo. Y lo bendigo, y me pongo a tirar magnolias por sus puertos, esperando que el mar copule con el polen, y entonces tenga una costa de pétalos, o un naufragio de pétalos, o una caza de pétalos con redes largas por mi hombro.

Bendito sea mi hombro, y bendita sea mi muñeca. Benditos sean mis ojos, y benditos nuevamente sean mis ojos, porque me permiten ver al albatros que navega entre los astros, coloreando los destinos de cientos de niños en la mano. Benditos sean mis ojos, que me permiten ver a los deformes, arrastrando tristemente sus ataúdes por la costa. Benditos sean mis ojos, que me dejan ver a mis amigos con botellas de cerveza rellenas de sueños.

Benditos sean también ellos, porque son los órganos internos de un cuerpo más grande. Yo soy la rodilla, crecida de nieve y lejanía, donde, sin embargo, florece una magnolia roja tan solo vista por unos cuantos. Lorena es una oreja, colgando de las nubes de las tardes, recogiendo esas últimas palabras que siempre dice el sol cuando se oculta. Frida es una pelvis, una mariposa de hueso que sostiene las carnes del mundo. Daniela es una uña, una uña en la que florecen los pueblos de las orquídeas negras.

Gerardo es una pierna, una pierna delicada, y que, sin embargo, podría saltar todos los montes del planeta. Eduardo es un párpado gigante, su deber es cerrar las cortinas al teatro que es el mar, recoger los clavos que sostienen a los cielos, descolgar las poleas con las que bajaban las estrellas. Omar Jasso es una línea en la mano, una línea tan rara que ningún vate podría descifrarla. Abigail es una costra formada por los dedos del tiempo, una costra sucia, muy sucia, destinada a sanarnos. Ema es una pestaña caída del cuerpo, una pestaña que bien empleada puede ser más poderosa que un cometa.

Miguel es un riñón derecho, capaz de contener el mar de así quererlo. Luna es una rosa de hueso que gira, lentamente gira, entre dos ejes de calcio que une. Y Rebeca es una costilla, una costilla que abraza a todos nuestros órganos. A ellos, a todos ellos, que son los órganos de un cuerpo más hermoso, yo los bendigo, con esta lengua que me ha crecido tanto, tanto.

Benditos sean, benditos sean. Y también bendito sea mi cuerpo, con el que puedo verlos. Bendito sea mi cuerpo, con el que puedo oírlos. Benditas sean mis manos, con las que puedo tocarlos. Bendita sea mi lengua, y mis dientes, y mi garganta, y mis labios, y mis cuerdas; con las que puedo cantarles todo el día. A ustedes, a ustedes, que son la cosmología interna del gran libro.

A ustedes, a ustedes, que son los arcángeles que saben escribir poemas. A ustedes, a ustedes, que han mirado los mares durante tantos años. A ustedes, a ustedes, a los que les escribo mis teorías, como tirando lágrimas a una botella. A ustedes, a ustedes, mis palabras. Benditos sean, benditos sean. He dicho. La ética de este libro, es la sangre que corre en sus cuerpos. 

(David Meza)          

06 septiembre 2014

Puedo gastar todas mis vidas de Candy Crush hasta sentir al fin que he muerto. Que he muerto en el mundo mágico de los caramelos.


TENÍAS PURPURINA EN LOS DEDOS

Puedo abrazar al viejo frigorífico antes de que se lo lleven.
Puedo escribir que tenías purpurina en los dedos y que la purpurina que arde huele a cuento de hadas.
Puedo morder la cola al gato.
Puedo morder la barbilla a mi marido, porque es mío, porque es mío y sabe a fruta.
Puedo llorar y decir que lloro, y no sentir vergüenza de mis pómulos rosados.
Puedo ser cursi.
Puedo bailar desnuda con las ventanas abiertas.
Puedo pintarme las uñas cada una de un color.
Puedo limpiar la casa sólo una vez a la semana.
Puedo negarme a leer las noticias.
Puedo negarme a escuchar los aviones.
Puedo negarme a alimentar a los mosquitos con mi sangre espesa, llena de babas.
Puedo inventar una canción de cuna para los niños sordos, sólo hace falta voz, sólo hace falta un cuello alargado en el que podamos retumbar.
Puedo decir que estamos asustados.
Puedo decir que el hambre es un invento de nuestros dientes para no sentirse tan solos.
Puedo escribir mil veces la palabra cáncer, porque el cáncer se reproduce mil veces. Es un asesino incesante, y yo también soy una asesina incesante, y juro que me voy a vengar.
Puedo soñar que beso a un poeta inventado.
Puedo soñar que soy una gota de lluvia ácida.
Puedo gastar todas mis vidas de Candy Crush hasta sentir al fin que he muerto. Que he muerto en el mundo mágico de los caramelos.
Puedo dejar el gas abierto.
Puedo encender todas las velas.
Puedo tentar a las catástrofes domésticas, o cortarme un dedo, o cortarme un pezón, o cortarme un cabello y después comerme todos mis restos.
Puedo querer un bebé.
Puedo desear un bebé.
Puedo amar la estúpida y entrañable idea de ansiar un bebé con todas mis entrañas.
Puedo hacer el amor conmigo misma.
Puedo preñarme con amor a mí misma.
Puedo decir yo, yo, yo, yo, yo, yo y yo, y sin embargo estar aquí sola.
Puedo respirar bajo el agua.
Puedo entretenerme con cualquier mosca.
Puedo coleccionar fotografías de mi madre y pegar su rostro pálido en las alas de una paloma.
Puedo volar.
Puedo volar.
Puedo prender fuego a todo cuando me plazca.
El aire aquí huele a polvo de hadas.
Ya no hay purpurina.
Ya no hay destellos.
Abrazo a la nevera vieja.
Ya no queda cuerpo.



***
Algo que salió esta semana en The Buenos Aires Review (gracias por incluirme en este nuevo número, muchas muchas gracias), pero que escribí hace un mes, cuando decidimos que ya era hora de cambiar de frigorífico, porque hacía mucho ruido. 


21 agosto 2014

Estoy hablando.


Tengo que decir la palabra agujero. Un hueco negro en mi memoria. Tengo que decir que el gato ya no es insoportable, pero está gordo, y pesa demasiado entre mis brazos. Tengo que decir que yo también estoy gorda, que ya no fumo, ni bebo café, que ya no tomo drogas ni tengo miedo a las personas que me odian. Tengo que decir algunas cosas. Algunos recuerdos. Tengo que darme prisa si quiero escribir esto que me viene a la cabeza: aquí dentro suena bello. Suena tan bello que luego, fuera, es puro horror. Tengo que enseñaros el bote de pajitas de colores con el que dábamos de comer a la enferma. Tengo que reconocer que las manías de los dolientes son muy tiernas ella sorbe sorbe sorbe no le gusta el color amarillo porque las pajitas amarillas saben mal. Tengo que cerrar la boca y con eso digo cerrar la mente y con eso digo cerrar la punta de mis dedos, la puta punta que tanto habla. Tengo y no tengo, y prefiero no tenerlo, porque el terror me cansa.  

19 julio 2014

Confesión terapéutica, o de cuando imaginé que David Meza venía a España y yo le llevaba a conocer El Arrecife de las Sirenas.


la muerte no es un invento, es el final del libro,
o el comienzo
Eduardo Ruiz Sosa


—¿Por qué llevas un árbol de Navidad tatuado en el vientre?
—Porque ayer fue mi cumpleaños y nadie me regaló un beso. Porque ayer las bombas cayeron y masacraron a los niños de las playas. Porque ayer murió un perro con cáncer y después sus dueños comieron hamburguesas. Porque ayer yo estaba en Marte y tú estabas en una estrella, pero logramos encontrarnos a pesar de la distancia. Porque ayer soñé con vuestras madres y todas estaban cantando. Porque tengo miedo de los regalos, de los renos y de los villancicos. Porque mi pecho es de madera y mi boca huele a bosque. Porque amo contar las hormigas que suben y bajan por mis venas. Porque tengo veinticuatro años y tú tienes veinticuatro cicatrices. Porque hay alguien que nos está mirando. Porque alguien oscuro y malo nos vigila. 

[Al fin…
Al fin el miedo.
Y al fin el miedo.]

Tranquilízate, me dices, que nosotros podríamos haber sido los Enfermos. Tranquilízate me dices mientras escupes flores dentro de botellas (me has hablado de un río, y de un universo, me has hablado de una bicicleta cubierta de telarañas). Tranquilízate y me tranquilizas, y entonces despierto del sueño: en él encontraba a mi madre disfrazada de pez, ella movía sus ojos de lado a lado como buscando un pequeño charco en el que volver a sumergirse. Mi madre con largas aletas brillantes. Mi madre con largos brazos poblados de lentejuelas. Mi madre con branquias ásperas alrededor del cuello. Nosotros podríamos haber sido los Enfermos, pero nosotros podríamos haber sido los Perros. Nosotros podríamos haber nacido sin pulmones, pero nosotros podríamos haber comido sin dientes. Tranquilízate, me dices, y entonces pongo mi mano fría sobre el frío dibujo de tu pecho.

[Y al fin respiro.
Al fin respiro.
Al fin…]

05 julio 2014

Cinco cosas que quería decirme y una cita que quería encontrar.

La peor enfermedad es la soledad, escribió;
luego, debajo de esa línea, muchos años después, con un pulso más firme escribió:
La peor enfermedad es el libro:
y luego, con los años, con la vejez encima y el pulso tembloroso de los que esperan la muerte:
La peor enfermedad es el cáncer. Y en lugar del punto agregó una coma y la palabra Madre.
Eduardo Ruiz Sosa

1.
Encontrar el libro, antes de que el libro te encuentre a ti.

2. 
Me hablan de ir a México, a Chile y a Argentina. Pero yo no puedo ir a México, ni a Chile, ni a Argentina. Ahora, más que nunca, me tengo que quedar aquí. Ahora, más que nunca, siento que algunas de las cosas que digo y hago importan.

3.
Vuelve la fruta, el veganismo, la dieta blanda. Vuelve aquel vino que en realidad nunca se fue.

4. 
Me quemo en la cocina. La herida huele a galletas y a incienso.

5.
Cuatro años viviendo juntos bajo cuatro techos distintos. Ya no temo nada porque sé que puedo hablar.

03 mayo 2014

Pregón de los hospitales.

¡Miren ustedes cómo es de admirar la situación privilegiada de esta gran casa de enfermos!
¡Observen el dombo de los altos árboles cuyas oscuras hojas, siempre húmedas, protegidas por un halo de plateada pelusa, dan sombra a las avenidas por donde se pasean los dolientes!
¡Escuchen el amortiguado paso de los ruidos lejanos, que dicen de la presencia de un mundo que viaja ordenadamente al desastre de los años, al olvido, al asombro desnudo del tiempo!
¡Abran bien los ojos y miren cómo la pulida uña del síntoma marca a cada uno con su signo de especial desesperanza!;
sin herirlo casi, sin perturbarlo, sin moverlo de su doméstica órbita de recuerdos y penas y seres queridos, 
para él tan lejanos ya y tan extranjeros en su territorio de duelo.
¡Entren todos a vestir el ojoso manto de la fiebre y conocer el temblor seráfico de la anemia
o la transparencia cerosa del cáncer que guarda su materia muchas noches,
hasta desparramarse en la blanca mesa iluminada por un alto sol voltaico que zumba dulcemente!
¡Adelante señores!
Aquí terminan los deseos imposibles:
el amor por la hermana,
los senos de la monja,
los juegos en los sótanos,
la soledad de las construcciones,
las piernas de las comulgantes,
todo termina aquí, señores.
¡Entren, entren!
Obedientes a la pestilencia que consuela y da olvido, que purifica y concede la gracia.
¡Adelante!
Prueben
la manzana podrida del cloroformo,
el blando paso del éter,
la montera niquelada que ciñe la faz de los moribundos,
la ola granulada de los febrífugos,
la engañosa delicia vegetal de los jarabes,
la sólida lanceta que libera el último coágulo, negro y ya poblado por los primeros signos de la transformación.
¡Admiren la terraza donde ventilan algunos sus males
como banderas en rehén!
¡Vengan todos
feligreses de las más altas dolencias!
¡Vengan a hacer el noviciado de la muerte, tan útil a muchos, tan sabio en dones que infestan la tierra y la preparan!
Álvaro Mutis
(en Reseña de los Hospitales de Ultramar)

19 abril 2014

Por qué yo coleccionaba libros sobre la enfermedad.

Ya he visto todo lo que nunca había visto.
Fernando Pessoa

A veces intervalos dolorosos que nunca terminan. A veces soy la única que pide perdón. A veces huele a limpio. A veces a lejía. A veces busco vida donde otros airean sus heridas. A veces tuerzo. A veces digo. A veces miro el mar aunque no lo entienda. A veces pienso en ti. A veces sólo sueño contigo. A veces la extensión de mi cuerpo. A veces tatuajes. A veces arañazos. A veces la comida. A veces se estropea. A veces cuento, corrijo y cuento demasiado. A veces tengo estos libros. A veces los leo para entender al monstruo. A veces escribo para salvarte de él. A veces me equivoco. Me equivoco y no te salvo. Me equivoqué. Me equivoqué. Me equivoqué. A veces estoy sola.

30 marzo 2014

Puedo describir una flor.

Reconozco, no sé si con tristeza, la sequedad humana de mi corazón. Vale más para mí un adjetivo que un lamento real del alma.
Fernando Pessoa

Y puedo también palpar la frialdad de mi pecho.

28 marzo 2014

La palabra "v".

¿Alguien emplea continuamente la palabra "vida"? Sabed que es un enfermo.
E. M. Cioran

[Soldado. Cabeza rapada. Soldado herido de un poema de Rimbaud. 
Esta es mi cama. Este es mi Reino. Esta es mi palabra sencilla.]

16 marzo 2014

Soy partidaria de las lombrices y de los peces.


y por todo lo que digo
adoro mis entrañas oscuras
Jaime Sáenz

Estamos enfermos
Estamos siempre al borde de la última catástrofe,
la definitiva.
No.
Estamos más allá de todas las catástrofes,
de los crepúsculos espectaculares,
de la insólita primavera.
Reinaldo Arenas

Conozco el rostro del dolor. Conozco la pereza de cada mañana. Cada mañana. Cada mañana. Puede que a veces tiemble con el sabor insoportable de la sopa. Y tú te manchas el rostro de chocolate. Y yo siento cariño hacia todas las cosas. Y tú permites que el sueño entre. Y yo contengo la resaca.