Mostrando entradas con la etiqueta Albert Camus. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Albert Camus. Mostrar todas las entradas

01 abril 2012

El tiempo de una vida nos separa y yo me corro.


En cuanto a mi cuerpo, prefiero no pensar en él; me repugna, vieja carcasa servil que engatusa a esa niña.
Jean Forton

Apenas había leído sesenta páginas de esta novela cuando puse el siguiente comentario en mi muro de Facebook: “no contentos con Lolita, ni con Monelle, ni con Alicia, ni con cualquiera de esas niñas perversas que aparecen también en el cine y en el arte, Blackie Books nos trae a la pequeña Isabelle, la Lolita de Jean Forton, en un libro (Ceniza en los ojos) que todos los que coleccionamos a estas criaturas malignas deberíamos tener en los estantes de nuestra biblioteca.” Y ahora, tras finalizar esta lectura después de varias horas intensas pegada a sus páginas, confirmo lo que adelanté en esa sentencia. Ceniza en los ojos no es otra cosa que una pieza de coleccionista para los amantes de la literatura de nínfulas: sensual, decadente, tan cruel... Así, Ceniza en los ojos es ese libro que surge de un Nabokov sin Nabokov. De un Schwob sin Schwob. De una Lisa Dierbeck sin Lisa Dierbeck. La historia pura. La pura impureza del amor prohibido Una narración punzante que provoca escalofríos de placer. Un entrenamiento: porque el amor no deja de ser el campo de entrenamiento de las desgracias y Jean Forton da cuenta de ello en cada embestida.

El protagonista de Ceniza en los ojos es un perdedor. El perfecto lúser, un hombre repulsivo y victimista que en ocasiones recuerda al Meursault de Camus en El extranjero, o incluso a una suerte de Michael Houellebecq aburrido y desquiciado que, con un golpe de suerte -el golpe de suerte que caracteriza las historias de estos hombres grises- consigue pasar gran parte de la novela follando con todas esas chicas hermosas que siempre había soñado: Lola, Anita, y la pequeña Isabelle. Lo más interesante en este punto es su capacidad de seducción, que, como en todas las historias de nínfulas, conforma un camino tortuoso, al tiempo que su eje narrativo. Se trata de la agonía. La agonía de la conquista. Violencia y cuidado para no espantar a esa niña con la que quiere acostarse a toda costa y a la que luego olvidará para siempre, pues, ¿quién quiere un cuerpo huesudo e inexperto? ¿A quién le interesa una cara angelical y tontorrona después del primer beso? ¿Quién quiere volver a ese agujero violado? ¿Para qué sirve una Lolita sino para ser despreciada al final de la conquista?

Ceniza en los ojos es una historia llena de erotismo y de rabia. Su lectura es tan sensual como exasperante. Su protagonista, además de presentarse como un obseso y un misógino nos muestra el lado más patético de los sentimientos del ser humano. Jean Forton lleva a cabo este proceso a través de un monólogo interior penoso en cuanto a las ideas expuestas: el mal de amores, el egoísmo, el fracaso, la cobardía y el miedo a la muerte. De este modo su narrador parece que sólo sepa enfrentarse a la vida a través del sufrimiento de los demás. Se compadece a sí mismo de ser viejo (cuando apenas cuenta treinta y cuatro años), se autoconvence de que su amor hacia esa niña es excepcional (cuando ella es ya una adolescente, tan o más loca que él, que seguramente adivinó las intenciones de este hombre  -y su fatal destino- mucho antes de que él planeara ponerle la primera mano encima). Lo dije sin haber apenas abierto el libro. Ceniza en los ojos es una joya para coleccionistas de historias que acaban mal. De hombres que dan asco. De niñas que son tan listas como las niñas y tan tontas como las niñas y tan corrosivas como las niñas... Y aún así, a pesar de lo previsible de esta historia, su interior no dejará de sorprender a los amantes de esos seres malignos y pequeños, tan importantes en nuestra literatura, en nuestra sangre y en nuestra selecta biblioteca.

03 octubre 2009

Sobre el hombre que no quiere aparentar lo que es (o Maldiciendo a Beigbeder II).

Leo este fragmento de 13’99 euros y me estremezco. Por eso lo copio entero:

—El amor no tiene nada que ver con el corazón, ese órgano repugnante, especie de bomba empapada en sangre. El amor ataca primero a los pulmones. No deberíamos decir “tengo el corazón roto”, sino “tengo los pulmones asfixiados”. Los pulmones son los órganos más románticos: todos los amantes contraen tuberculosis; no es casual que Chéjov, Kafka, D. H. Lawrence, Frédéric Chopin, George Orwell y Santa Teresa de Lisieux murieran de esa enfermedad; en cuanto a Camus, Moravia, Boudard, Marie Bashkirtseff y Katherine Mansfield, ¿habrían escrito los mismos libros sin esa infección? Además, que se sepa, la Dama de Camelias no murió de infarto de miocardio; semejante castigo está reservado a los trepas con estrés, no a los sentimentales sin remedio.

Octave desbarraba y hablaba solo:

—Todo el mundo tiene una pena de amor que dormita en el fondo de sí mismo. Todo corazón que no está roto no es un corazón. Los pulmones esperan a la tuberculosis para sentir que existen. Soy vuestro profesor de educación física. Es necesario tener un nenúfar en la caja torácica, como Chloé en La espuma de los días o la señora Chauchar en La montaña mágica. Me encantaba mirarte mientras dormías, incluso cuando fingías hacerlo, cuando regresaba tarde a casa, borracho, contaba tus pestañas, a veces me parecía que me sonreías. Un hombre enamorado es alguien a quien le gusta mirar a su mujer mientras duerme, y, de vez en cuando, mirarla mientras goza. Sophie, ¿puedes oírme a miles de kilómetros de distancia, como en los anuncios de operadores de telefonía? ¿Por qué hace falta que la gente se haya marchado para que uno se de cuenta de que la quiere? ¿Acaso no te das cuenta de que lo único que yo te pedía era que me hicieras sufrir un poquito, como al principio, de una tregua pulmonar?

Frédéric Beigbeder