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01 julio 2013

Tumbas, pajarracos, anclas y otras noticias.


Aquí viene un post informativo, breve y lleno de links:

1. En las últimas semanas se han publicado algunas entrevistas que me han hecho en varios medios y que quiero compartir con vosotros. La primera es la de Pliego Suelto, y en ella hablamos, sobre todo, de la creación en Internet (ver aquí). La segunda es la de Cadillac, una revista Italiana en la que me preguntan por el estado de la poesía más joven en España y en el mundo (ver aquí). La tercera y última es la de Tender Journal, una revista inglesa sobre creación hecha por mujeres, en la que charlamos sobre poesía y mujeres, sobre poesía y sobreexposición en las redes y sobre Bluebird and Other Tattoos (ver aquí). Millones de gracias.

2. Precisamente de Bluebird and Other Tattos se publicó una reseña el otro día en I AM ALT LIT (ver aquí). Una reseña que me hizo mucha ilusión porque sigo este Tumblr desde hace tiempo y en él he leído las reseñas de algunos de mis libros preferidos de los jóvenes autores norteamericanos. Millones de gracias, otra vez.

3. Hoy estoy feliz porque a lo largo del día entró a imprenta la segunda edición de La tumba del marinero  y también la antología de poesía norteamericana que El Gaviero y yo (y todos los geniales traductores) llevamos casi tres años preparando: Vomit. Pronto os mostraremos la portada, y algún poema, y veréis qué genial ha quedado. De La tumba del marinero tengo más buenas noticias, pero aún no puedo contarlas. El otro día lo presentamos en la librería Cálamo de Zaragoza, con Alberto y con Vilas, y fue precioso.Así que millones de gracias, otra y otra vez. 

4. Aquí (en este link) recomiendo algunas de mis lecturas del mes de junio. No os perdáis a Fleur Jaeggy hablando de Marcel Schwob. Ni a Judith Schalansky dando lecciones sobre cómo sobrevivir.

5. Creo que eso es todo. Ah. La de la foto soy yo antes de cortarme el pelo, en un pantallazo del iPhone llevado a Instagram. La foto original me la hizo Mai Love, que este viernes estrena exposición de fotografía en el Inusual Project del Raval. Habrá chicas desnudas y cerveza. Y será divertido.

Ahora sí. 
Eso es todo.

02 mayo 2012

Nosotros los animales.

Lo que a continuación os copio es un fragmento de una de las novelas más bonitas que he leído últimamente. Y cuando digo bonita digo bonita. Una novela sobre la infancia, sobre la crueldad en la niñez, sobre la pobreza, sobre los años ochenta o principios de los noventa a las afueras de Nueva York. Una historia familiar y bestial y brutal escrita por Justin Torres, desconocido hasta ahora en nuestro país pero alabado ya por la crítica en el suyo. Su prosa me recuerda en este libro a un extrañísimo cruce entre Los hermosos años de castigo de Fleur Jaeggy y el genial Junot Díaz. Mirad qué fluidez y qué poesía. Mirad cuánto ruido y cuánta sangre:

QUERÍAMOS MÁS

Queríamos más. Aporreábamos la mesa con los mangos de los tenedores hacia arriba, golpeábamos los cuencos vacíos con las cucharas; teníamos hambre. Queríamos más volumen, más alboroto. Girábamos el botón del televisor hasta que nos dolían los oídos con el vocerío airado de los hombres. Queríamos más música en la radio; queríamos ritmo; queríamos rock. Queríamos músculo en nuestros flacuchos bracitos. Que nuestros huesos de pájaro, huecos y endebles tuvieran más densidad, más peso. Éramos seis manos ávidas, seis pies zapateando el suelo; éramos hermanos, varones, tres pequeños reyes en eterna discordia, siempre pidiendo más.

Cuando hacía frío, nos peleábamos por las mantas hasta hacerlas jirones. Cuando hacía frío de verdad, cuando el vaho se escarchaba al salir por nuestra boca, Manny se metía en la cama con Joel y conmigo. 
-Calor humano -decía.
-Calor humano -conveníamos.

Queríamos más carne, más sangre, más calor.

Cuando nos peleábamos, recurríamos a las botas, herramientas, alicates; nos abalanzábamos sobre lo primero que encontrábamos y lo lanzábamos por los aires; queríamos más platos rotos, más cristales hechos añicos. Más estrépito.

Y cuando papá llegaba a casa nos llovían los azotes. Los redondos cachetitos del trasero se nos despellejaban: rojos, en carne viva, desollados a correazos. Nosotros sabíamos que más allá del dolor, más allá de aquel escozor, había otra cosa. Una intensa quemazón irradiaba de nuestros muslos y nuestras nalgas, el ardor ascendía hasta consumirnos los sesos, pero sabíamos que había algo más, que papá pretendía llevarnos a algún lado con todo aquello. Lo sabíamos, porque papá se aplicaba en la tarea con meticulosidad, con precisión, sin prisas. Estaba despertándonos; estaba llevándonos más allá de aquel dolor y de aquel desgarro, y a ese lugar no se llegaba precipitadamente.

Cuando papá se iba, los tres queríamos ser padres. Cazábamos animales. Bregábamos entre el cieno del arroyo, a la búsqueda de ranas toro y culebras de agua. Arrancábamos a las crías de tordo de sus nidos, por el gusto de sentir el latido de sus minúsculos corazones, el forcejeo de sus minúsculas alas. Acercábamos sus minúsculas cabezas a las nuestras.
-¿Quién es tu papi? -les decíamos, y luego, entre risas, las dejábamos caer en una caja de zapatos.

Siempre más, siempre con ansia de más. Pero había veces, momentos de paz, cuando mamá dormía, cuando llevaba dos días sin haber pegado ojo y cualquier ruido, cualquier crujido en las escaleras, cualquier puerta al cerrarse, cualquier risita ahogada o simple voz podía despertarla, en aquellas mañanas sosegadas, cristalinas, cuando deseábamos protegerla, proteger aquella confusa cabeza de chorlito, a aquella mujer calamitosa, extremosa, con sus dolores de espalda y sus dolores de cabeza y su cansancio, su extremo cansancio, aquella criatura desarraigada de su Brooklyn natal, aquella mujer sin pelos en la lengua, siempre con lágrimas en los ojos cuando nos decía que nos quería, su amor ambiguo, su necesidad de amor, su calidez, en aquellas mañanas cuando la luz del sol encontraba los resquicios en nuestras persianas y se tumbaba sobre la moqueta formando nítidas franjas, en aquellas mañanas tranquilas cuando los tres nos servíamos por nuestra cuenta los copos de avena y nos despatarrábamos boca abajo con papeles y colores, con canicas que procurábamos no entrechocar, cuando mamá estaba durmiendo, cuando el aire no olía a sudor, aliento o mojo, cuando en el aire había paz y luz, en aquellas mañanas cuando el silencio era nuestro juego secreto, nuestro regalo y nuestro único logro... entonces queríamos menos: menos peso, menos trabajo, menos ruido, menos padre, menos músculos, piel y pelo. No queríamos nada, nada más que eso, solo eso.
Justin Torres, 
de Nosotros los animales (Mondadori, 2012)

10 febrero 2012

Las rodillas sucias de Janne Teller.


Janne Teller es la mujer espeluznante. No porque sus relatos sean malos, ni porque ella sea especialmente fea. Es espeluznante porque sus pensamientos dan miedo y retuercen el corazón acongojado del lector conforme avanzan sus historias. Recientemente leí Nada (Seix Barral, 2011) y Ven (Seix Barral, 2012) dos novelas breves de también breves títulos pero de gran intensidad concentrada. Ambas se basan en la brutalidad, en el amor y en la indecisión a la hora de escoger entre importantes opciones. Nada se centra en un mundo más infantil y es una obra maestra; Ven es una suerte de denuncia de los excesos del sector editorial además de una lectura interesante –que, a mi juicio, no llega a la altura de Nada-.

En la primera novela uno siente que regresa a la infancia, a su lado más asqueroso y terrible, ese al que se nos invitaba en otras grandes novelas como El señor de las moscas, La guerra de los botones, Los hermosos años de castigo o incluso El guardián entre el centeno. Los protagonistas aquí son niños casi adolescentes intentando explicar un mundo que no les pertenece y en donde el rencor y el egoísmo se alzan por encima de todo para, finalmente, darse cuenta de que la vida no significa absolutamente nada. Educación, enfermedad e hipocresía podrían ser tres de entre sus más potentes keywords. Con una prosa sencilla, fría y abrumadora, equiparable a la de Fleur Jaeggy, autora de una de las novelas mencionadas anteriormente. Si hay algo que me guste mucho de Teller y Jaeggy es que no son mujeres cursis, afeminadísimas o epígonos (otro más y otro y otro) de una Virginia Woolf sobre explotada por tantas escritoras europeas de nuestro tiempo.

De este modo tanto Nada como Ven son novelas con polvo y costras en las rodillas, como las de los niños malos de los parques. Novelas asexuales. Novelas silenciosas. Novelas de dolor universal. En el caso de Ven, Janne Teller apunta además en una dirección más literaria y política. La conciencia del narrador fluye, se autocritica, se castiga, se cuestiona a propósito de la lealtad, de los mecanismos de la ficción o de los verdaderos fines de su profesión como –respetado- editor. ¿Puede la ficción causar más daños que la realidad? ¿Puede la ficción ser más real que la realidad? ¿Puede matar el personaje a la persona y la invención a la anécdota? Una historia espeluznante, decía, porque Jane Teller es espeluznante. Por eso recomiendo leerla. Porque su literatura es hermosa. Porque su literatura es terrible. 

09 marzo 2011

Sobre la felicidad a ultranza.

Poco a poco me quedé estancando así, permaneciendo hasta los veintisiete años al socaire de las tristezas. También mis estructuras cerebrales y musculares se han ido formando poco a poco y he crecido pensando con la cabeza de alguien que por ignorancia del mundo se hacía el inmortal lejos de las tristezas.
Ugo Cornia

Estoy obsesionada los autores que hablan de ellos mismos. Autobiografías. Literatura confesional. Diarios. Sobre la felicidad a ultranza de Ugo Cornia (Periférica, 2011) no es  Diario de duelo de Barthes, ni mucho menos, ni tampoco es Diario del hombre pálido de Juan Gracia Armendáriz -del que recientemente habla Lector Mal-herido en su blog, me alegra que le haya molado-... pero tiene algo que me engancha. Dos de mis libros preferidos en este mundo son Los hermosos años del castigo de Fleur Jaeggy y el ensayo Elogio de la infelicidad de Emilio Lledó quizá porque en ambos libros se debate sobre qué es ser feliz, cómo conseguimos estar felices, etc. Me gusta cuando un autor que además escribe bien se obsesiona también por desarrollar este tema. Fleur Jaeggy introduce en Los hermosos años de castigo un término genial: la malafelicidad, o el malestar de la felicidad. La búsqueda del bienestar es uno de los temas más recurridos en los autores que he mencionado. Desde Virginia Woolf hasta Ugo Cornia, pasando por Amélie Nothomb, Lionel Tran, André Gorz o Peio H. Riaño: todos acaban representando a una pandilla de "amargados" cuando deciden retratar sus sentimientos más íntimos. Una vez escuché a alguien decir que "amargado se escribe mejor". No sé. Será que somos unos cotillas. Que nos gusta la víscera. Que nos gusta veros sufrir, cabrones. ¡Sufrid, sufrid, para darnos más libros así! 

01 abril 2010

Celebraciones santas, exhumaciones varias, etc.


Deberíais llevar una vida más sana, caminar al aire libre. Me gustaría veros pasear por los alrededores, en plena naturaleza. Cansaos de la naturaleza. O bien tratad de buscar otros objetivos, en vez de entregaros a largas conversaciones.
Fleur Jaeggy

27 enero 2010

"Busca una boca que sepa a tu propio semen y a tabaco, y bésala"


Me obsesiona La Malafelicidad. Busco autores y citas. A modo de IB en su blog, he seleccionado éstas. Busco saciar las ansias de estar triste y ser feliz. O de ser triste y estar feliz. Ya no lo sé. Quizá porque ahora solo quiera pensar en esa boca. Y no pasar frío. Y decir, de tantas cosas, el asco que me dan.

Allí arriba me sentía en un estado que podría llamarse de malafelicidad. Exigía la soledad, era un estado de ebrio y tranquilo egoísmo, una venganza feliz. Me parecía que esa ebriedad era una iniciación y el malestar de la felicidad se debía a un aprendizaje mágico, a un rito.
Fleur Jaeggy

y fue una eternidad decapitada en un instante
porque una puerta improcedente que se abrió
nubló nuestra felicidad
Ramón Irigoyen

Las cosas no marchan bien. Tengo la impresión de que todo en mí y alrededor se desorganiza con demasiada facilidad. Si bien es cierto que debería ser más fuerte y no dejarme arrastrar por la locura del entorno, también es cierto que estoy acostumbrado a entornos más controlados por mí. No sé independizarme del entorno, por mucho que se hable de mi ‘torre de marfil’. Estoy demasiado atento a las cosas que suceden. Por ejemplo, no puedo tranquilamente acostarme, cerrar los ojos y dormir, si sé que el resto de la gente de la casa está despierto.
Mario Levrero

23 enero 2010

Exhumando al dios grecopagano.


Como ya he dicho, la vida para mí se hacía demasiado larga. La literatura, por sí sola, no me distraía, pero sobre todo debía prepararme para las conversaciones con Frédérique. Había leído algunas frases de Novalis sobre el suicidio y sobre la perfección.
Fleur Jaeggy

Sobre el suicidio y sobre la perfección se aproxima una tarde lenta. Un sábado que es domingo eterno. El paseo. El vino. La secuencia: escribir juntos esa página. La banda sonora. Pensamientos estériles. El malestar de la felicidad. Le monde qui ne fait pas peur.

21 enero 2010

After Blood (apuntes sobre Saddest poem).


Se puede escribir sin una habitación materialmente propia
pero no se puede escribir sin ese precioso zulo interior,
es imposible.
Itziar Ziga

Libros prestados. Libros que compro o que recibo. Libros para los que por fin encuentro unos pocos minutos libres para acabar. Libros íntimos. Libros de cama. Libros como hilos tristes. Como zulos tristes. Libros como castigo. Como suavidad. Como arma.