Agustín Fernández Mallo me gusta cuando deslumbra: cuando es capaz de tomar una imagen como la de la manzana mordida de Apple y spokenworizar durante largos minutos sobre quién mordió, sobre por qué mordió, sobre el color y el sabor de esa manzana de millones y millones de dólares, golden flavor, maravilla tecnológica en el estómago.
Agustín Fernández Mallo no me gusta en la universalización de su poética, post-poética. No le veo un verdadero sentido en nuestro panorama. Parece como si no conociera esa poesía realmente innovadora o arriesgada (o simplemente interesante) en su escenificación como la de María Eloy García, Maite Dono, Estíbaliz Espinosa, Javier Gato, María Salgado, Gonzalo Escarpa, y toda esa peña.
Me gusta en Remake (Alfaguara, 2011), y en Carne de píxel.
No me gusta en Nocilla Experience, ni en Postpoesía.
Me gusta cuando retoma a los clásicos y los reconvierte en píldoras cargadas de algo muy presente. Remake es un ejemplo de ello, y El hacedor (su cuento de apertura) un destello que me entusiasma.
No me gusta cuando se repite. No hace falta intentar innovar continuamente cuando, lo sabemos, un texto como Mutaciones (en Remake) sabe defenderse por sí solo.
Me gusta su humor: el cuento casi extraterrestre del agujero y el pan.
No me gustan algunos de sus chistes más débiles. Como los de los últimos poemas en Remake: quizá funcionen en una conversación, en un tweet o en un blog, pero a mí, personalmente, no me pegan en la genial dinámica libro.
Me gusta cuando da su opinión. Cuando se emociona igual que yo me emociono con las cosas que pueden ser interesantes: los nuevos poemarios de alguien joven, los libros de sus cercanos, la música de Eels.
No me gusta cuando no dice lo que piensa. Cuando no se arriesga a decir: no he leído esto, o bien, no me ha gustado esto, o bien, creo que esto podría ser mejor.
Me gusta cuando no se preocupa por las críticas feroces de Patricio Pron, Martín Lopez Vega y otros escritores.
Me gusta cuando Alberto Olmos o Javier Moreno celebran su poesía.
Me gusta su poesía.
No me gusta tanto su narrativa.
Me gusta su poesía el 90% de las veces.
No me gusta su poesía en Remake. Eso ya lo he dicho.
Me gusta ver qué reacciones causan sus textos, sus ventas, sus camisetas divertidas, sus converses, sus entrevistas, su fama, en definitiva, en la gente, en los anónimos, en todos aquellos que parecen odiarle. Me gusta, decía, porque siento que él hace lo que quiere, lo que le gusta, sin altas pretensiones, sin creerse el mejor, sólo por diversión, y eso es admirable.
No me gusta en qué se ha convertido porque al leer Remake, aunque me mole, siento que escriba lo que escriba nunca va a ir más allá.
A veces me gusta esa idea de "no ir más allá" porque la tomo en su buen sentido: cualquier cosa escrita por Agustín Fernández Mallo ya llevará inevitablemente su marca. Conseguir una voz y una marca propia es muy, muy difícil. Él lo ha hecho. Pase lo que pase con su literatura: ahí tendremos uno de sus grandes logros. Su voz.
A veces no me gusta que la gente se ría de él. Que lo desprecien. ¿Por qué? Cuánta envidia.
Me gusta porque sabe aceptar críticas. Porque es uno de los escritores más educados y buenagente que conozco.
No me gusta que en ocasiones pase por alto cierta poesía más conservadora, clásica o de la experiencia cuando lo que él hace, si no tenemos en cuenta la forma y sí el contenido, también podría ser clásico, conservador o de la experiencia.
Me gusta, siguiendo con el punto anterior, su manera de reformular lo clásico: Agustín Fernández Mallo no habla de otra cosa más allá del amor, de las obsesiones del escritor y de la extrañeza ante este mundo raro en el que vivimos.
No me gusta su fuerte obsesión por las nuevas tecnologías cuando estas, hace unos años, podrían resultar radicales y novedosas en la literatura. Hoy no. Ya no. Hoy resulta cansino.
Me gusta que muchas de las veces sepa superarlo, como en ese poema de la manzana de Apple. Tan hermoso. Tan acertado.
No me gusta lo estático de sus spoken.
Me gustan sus spoken: la música, su modo de leer.
En definitiva, Agustín Fernández Mallo me gusta. Es un tío legal, como dirían en la tele, en alguna serie de Antena 3. Me gusta porque me entretiene. Porque aunque tenga cosas más flojas: no está mal. Porque se nota que escribe desde el cariño. Desde las ganas de ser buen Hacedor. Y de, además, Hacerlo bien.