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18 mayo 2014

La belleza de tu nombre.



He mirado largamente el resplandor de tu ausencia que me ha parecido más dulce, más poderosa que todas las presencias. Por ti he sido pescador en la tristeza del océano, he sido labrador en la sequedad de nuestras tierras, por ti me he asomado sobre las gentes desde el balcón de mi pobre residencia, he gritado a la multitud la belleza de tu nombre.
Juan Eduardo Cirlot

07 abril 2014

Etimología, arrecife.

Pero a veces soy diferente, y tengo lágrimas, lágrimas de esas calientes de quienes no tienen ni tuvieron madre; y mis ojos ardiendo de esas lágrimas muertas arden dentro de mi corazón.
Fernando Pessoa

He encontrado una pestaña de mi madre en una cajita de maquillaje. He hablado por teléfono con mi hermano bellísimo de México. He preparado la piel para ser tatuada. He bebido con amigos. He abrazado a mi padre. He guardado una pestaña como si fuera un tesoro. Algo que puedo tocar. Algo que con lo que también puedo pincharme. 

23 marzo 2014

Yo había llegado a la nada, y la nada era viva y húmeda.

El hombre nuevo está perdiendo el habla, la memoria, ya no ve.
Reinaldo Arenas

Aguardé a que pasase la extrañeza, a que volviese la salud. Pero reconocía, en un esfuerzo inmemorial de memoria, que ya había sentido esa extrañeza: era la misma que sentía cuando veía mi propia sangre, y me extrañaba. Pues la sangre que veía fuera de mí, aquella sangre me extrañaba y me atraía: era mía. 
Clarice Lispector


Somos estúpidos. Ridículos. Dedicamos poemas a simples resfriados.

12 marzo 2014

Ya no tenemos mar, pero tenemos voz para inventarlo.

Nyssa Sharp
Ahora me comen.
Ahora siento cómo suben y me tiran de las uñas.
Oigo su roer llegarme hasta los testículos.
Tierra, me echan tierra.
Bailan, bailan sobre este montón de tierra
y piedra
que me cubre.
Me aplastan y vituperan
repitiendo no sé qué aberrante resolución que me atañe.
Me han sepultado.
Han danzado sobre mí.
He apisonado bien el suelo.
Se han ido, se han ido dejándome bien muerto y enterrado.
Éste es mi momento.
Reinaldo Arenas


Encontrar el libro exacto para llevármelo a beber sola junto al mar y el desierto.

01 noviembre 2013

«But the jewel you lost was blue» (Ted Hughes).







Pero la joya que perdiste era azul.
Ted Hughes,
en el poema "El rojo era su color", 
de Cartas de cumpleaños.

Hasta llegar al blanco
No de piel a azul
Dorothea Lasky, en un poema
publicado en Vomit.

El Buddha respondió, "Este discurso deberá ser conocido como El Vajracchedika Prajna Paramita - El Diamante Cortador de Sabiduría Trascendental - porque la Enseñanza es fuerte y afilada como un diamante que corta a través de los malos enjuiciamientos y la ilusión."
Sutra del Diamante,
Arturo Sánchez me lo manda por WhatsApp,
me dice que es el favorito de Gary Snyder

We're beautiful like diamonds in the sky
Rihanna
(sí, Rihanna)

22 agosto 2013

Un verano raro (IV).





La bondadosa búsqueda de crecimiento, el gracioso deseo de existir de las flores, mi casi éxtasis por vivir entre ellas. El privilegio de ser testigo de mi existencia -también tú debes buscar el sol...
Allen Ginsberg

1. Cuando leo mis pensamientos más profundos desconfío de aquel poeta polaco.

2. La prueba dijo: No. La sangre dijo: Dónde estoy. La vida.

3. La sonrisa de Grétel hace que nada más importe. Invade la habitación. Llena este vacío. Mi vacío.

4. Que todo huela a albahaca es un placer demasiado poderoso.

5. Vimos conejos muertos. Melones muertos. Girasoles tendidos al dolor.

6. Taoísmo. Vacío contra materia. Soy vacío y soy materia. Como cereales. Soy vacío. Soy.

7. Mi marido está en Kosovo, me dice que por allí hay gatos muy pequeño que se escapan danzando de las pisadas humanas. Pequeños felinos regalando ternura en cualquier parte del mundo. Pequeñas bestias queremos atraparos.

8. Antiguos amigos me hablan de drogas. La vida es barata, pacífica, intensa.

9. Me rasco la luz y las heridas duelen.

10. Me rasco el sol y todos sudamos.

20 junio 2013

Dos libros que no me cambiaron la vida pero que sí removieron mis entrañas.


I. Cuerpo transparente, de Max Blecher

A principios de junio estuve presentando La tumba del marinero en Pamplona, en el marco del festival Letrajoven 2013. Es una sensación muy extraña esa de ir a un lugar en donde no conoces nada (y prácticamente a nadie), pero del que vuelves llena de cosas fantásticas. Después del recital y de la cena con los simpáticos chicos del club de lectura, llamé a Roberto Valencia (con el que ya había coincidido en un par de ocasiones) quien me estaba esperando en algún bar del centro (ya no recuerdo nombres, sólo tercios de cerveza y canciones) con un par de amigos y Nerea (la mejor librera del norte, según cuentan, y yo lo confirmo).  La noche fue divertidísima (me columpié con Valencia, canté Shoud I Stay Or Should I Go, aguanté hasta las tantas en un antro oscuro, hablando de cosas muy íntimas con N.), pero lo mejor y más entrañable de todo fue el regalo que ella me puso en las manos. Se trataba de un libro diminuto. Seguro que lo conoces, dijo. Pues no, para nada, dije. Entonces sé que te va a encantar, dijo. Y tuvo razón. Guardé entonces el pequeño libro en mi bolso y lo saqué para leer al día siguiente, en el tren de vuelta, aún resacosa. No sé si fue por el dolor de cabeza. Por el mareo. Por el paisaje gris. Por el silencio... pero cada verso que leía iba cavando muy hondo dentro de mí, y entonces, a cada poco, tenía que apartarlo. Guardarlo. Olvidarme hasta un rato después. Demasiada belleza e intensidad en esas páginas, por otro lado, tan breves. ¿Y cómo puede un libro tan diminuto convertirse en un artefacto tan demoledor? Leo en el prólogo que además este es el único poemario de Max Blecher. Que murió joven tras una larga enfermedad y que su estética surrealista se acerca (e incluso supera) a las poéticas más famosas de entre sus contemporáneos. Personalmente, cuando lo leo, me recuerda a René Char y a Joyce Mansour. Y quizá no tenga nada que ver con ellos, o sí, pero sus obsesiones con la víscera, el sueño y lo animal me resultan muy cercanas. Leo en el prólogo, también, que a diferencia de otros Blecher no ve la enfermedad sólo como un tema literario más -no describe únicamente sus síntomas externos- sino que la siente como una vivencia diaria. Como Mansour, de nuevo. Como Char, de nuevo. Como Stanescu, de nuevo. Como la poesía que continuamente ansío y colecciono.

Tus manos en el piano como dos caballos
De cascos de mármol
Tus manos en las vértebras como dos caballos
De cascos rosados
Tus manos en el azul como dos pájaros
De alas de seda
Tus manos en mi cabeza
Como dos piedras en una sola tumba
Max Blecher



II. Diario de una enfermera, de Isla Correyero

Cuando llegué a Atocha escuché algo terrible por la megafonía: Talgo con destino a Almería, vía seis. Cuando el loquendo anunció tal cosa me entraron unas ganas tremendas de subirme al tren y de ir a visitar a mis padres, así que decidí sacar unos billetes para el día siguiente y dar así una sorpresa a Ana Gaviera, que, sin saberlo, me esperaba en un pequeño restaurante de La Fabriquilla, rodeada por la sierra de Ágata y por el aire. Durante el trayecto y la estancia, yo llevaba Cuerpo transparente en mi bolso y lo leía de cuando en cuando, entre horas de estudio, entre paseos o comidas con mis padres, entre la lectura de Raúl Zurita (otro que abarcó mis pocos días en el desierto, pero que no me enamoró como esperaba... bueno, sí, aún tengo en mente una montaña de mar y otra de margaritas), etcétera. El penúltimo día que pasé con ellos descubrí por casualidad que en la estantería que se encuentra frente a la habitación en la que he vivido tanto tiempo, había otro librito (este un poco más extenso y alargado) del que alguien me había hablado en Facebook precisamente cuando subí algunas citas de la poesía de Joyce Mansour a mi blog. Se trataba de Diario de una enfermera, de Isla Correyero. Un libro que siempre había estado ahí, repito, pero que yo jamás había visto. No sabía que teníais este libro, mamá, dije. Hay tantas cosas que no sabemos que tenemos..., contestó. Lo abrí por la primerísima página y me emocioné mucho ante la idea de tener ante mis ojos el que podría ser uno de mis próximos libros preferidos sí o sí. Y así fue. Le pedí a Ana que me lo dejara y me vi llenando la maleta con las voces impresionantes de Blecher y Correyero. Entusiasmada por acabar el examen que me esperaba en Madrid, por terminar el Sónar que me esperaba en Barcelona y por poder regresar de nuevo a esta mesa, a estos libros, a estas enfermedades. Si en Cuerpo transparente encontré las similitudes citadas más arriba, con Diario de una enfermera no pude dejar de pensar en Mansour (esta vez en Islas flotantes), así como en Tóxica de Françoise Sagan o incluso en algunos momentos de la prosa de Zurn. Una literatura, la de Correyero, no construida desde la enfermedad sino desde los largos y enigmáticos pasillos de un hospital. Aquí la poeta ve la cara de los enfermos, pero también la de los doctores y la de la propia muerte. Otro libro más que se convierte en bibliografía obligatoria y que a los que rondáis este blog os interesará sin duda.

Porque los mejores libros, creo, no son los que nos cambian la vida, sino los que atentan de lleno contra nuestras entrañas.

He visto el dibujo de la enfermedad y el ramo verde de su rigurosa manifestación, pero no sé en quién está encerrada.
Hay un velo dichoso en la sonrisa de los sanos que se vuelve oscuro en un momento y algo empieza a caer, a perseguirnos, a limitar el punto de la parte herida.
De pronto, el corazón, el hígado, la sangre, el útero, la piel, el áspero ronquido de la voz, la pierna, los riñones, la cabeza.
¿De dónde viene el débil silencio que aparece rodeando la dulce anatomía de un destino humano?
Caemos a la terrible enfermedad sin aviso soberano de una luz.
¿De qué impasible órgano imperfecto nos llega la primera noticia de la muerte?
¿A quién le tocará la sombra fría de esa interrogación que crece y crece?
¿Cuándo es la hora fatal de los cuchillos?
¿Dónde se acercarán con su acidez?
¿A quién las placas veloces de la desesperanza?
¡Oh desvalido cuerpo, carne, qué poderosa y cierta es la infinita enfermedad, y qué ajenos huimos!
Isla Correyero

04 abril 2013

Barcelona - Sevilla - Almería - Barcelona: una guía turística del alma, o algo así.








1. Sufrir el trastorno de los días completos (completa la vida, completo el hambre, completa Literatura, completa amistad). 

2. Siempre se me hizo raro ver el mar desde el cielo (acostumbrada sólo a su horizonte)

3. Mamá con la cabeza naranja. 

4. Papá con sueños y cristales bien guardados.

5. Un sitio lleno de Vírgenes: ojos llorosos. Cerveza.

6. Cerveza. Vino. Cerveza.

7. Doce horas de tren.

8. Ana Pedro Elena Alberto Antonio Javi Marga María Juanma Pliyo Carlos Carmen Carmen Isa Isa Paco Paco Kika Julio Marina Diego Ángel Teresa Más Más Todos

9. Creo que lloré en algún momento.

10. Cansancio. Vino. Cansancio. 

10 noviembre 2012

"Quiero que mi nacionalidad sea la vida".



Estoy naciendo. La ciudad, ecoastronómicamente política, está orgullosa. Yo estoy orgullosa. Estoy naciendo –hoy, 37 de junio de 1399– estoy naciendo. Del pecho del mundo brota una golondrina de colores. Dios le toma el pulso a mi madre. Dios se ha enamorado de mi madre. Dios besa a mi madre. Dios toca el seno blanquísimo de mi madre. Recuerdo mi vida. Naceré sobre una pradera de balas. Creceré con un traje de marinera, pero nunca conoceré el mar, y cuando lo conozca lo negaré, diré que esa gaviota de arena espuma y agua no es el mar, que el mar es un astro de órbita líquida que al mirarlo te devora el alma. Nací triste. Nací feliz. Nací cemento. Ya no quiero decir nada. Nací humillada. Crecí humillada. Morí humillada en un campo de martillos. Tengo las células de estambre y el abecedario se me desliza como una serpiente de tinta por las piernas. Naceré, creceré, aprenderé a volar y me arrancaré el pico de tanto golpearlo contra las rocas.
David Meza
(de El sueño de Visnu)

26 agosto 2012

Adiós al desierto, adiós a la anatomía del sudor, adiós a la madre, al padre, al espíritu y al estornudo.

Dino Valls
Soy yo la que mira con el pecho limpio ¿no ves que no queda pájaro? Abro el libro que Enri me presta, una página, la que quieras, una cualquiera. Abro por donde todo apacigua: hay un órgano, quizá un estómago, hay productos químicos. Aquí soy la mujer que odia. Mirad los ojos de esa niña. Mirad que soy la que mira, mirad. Nichita Stanescu no odia a las manzanas. Estoy sudando. Se acaba el desierto. Mamá está dentro. 
Me lo he pasado bien. 

17 agosto 2012

El cáncer y sus metáforas.


Esta semana he terminado dos lecturas que me han llevado mucho tiempo (muchos dolores de cabeza, muchas alucinaciones, mucha hipocondría) y de las que ya he ido poniendo algo en este blog. Se trata de El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer, de Siddharta Mukherjee, por un lado, y de La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag, por otro. Realmente la segunda lectura es un complemento de la primera para poder comprender ciertos detalles del tema. El ensayo de Sontag es una suerte de mapa literario a propósito, sobre todo, de la tuberculosis y el cáncer, y de cómo las enfermedades han acompañado a la creación a lo largo de la historia. Así pues, la vida de una enfermedad no podría entenderse sin la vida literaria que hay detrás de ella. Una tesis que también ratifica Mukherjee, pues, según sus palabras hasta un monstruo antiguo necesita un nombre. Bautizar una enfermedad es describir cierto estado de sufrimiento: un acto literario antes de ser un acto médico. El autor de El emperador de todos los males trata la obra de Susan Sontag como un verdadero manual de medicina, aun estando muy lejos de serlo, no hay capítulo en que no cite a la ensayista norteamericana aunque sea, incluso, para contradecir algunas de sus sentencias más arriesgadas. Ambos libros deberían ser bibliografía obligatoria para todos los que han sufrido, sufren o tienen cerca de ellos algún caso de esta enfermedad.

El emperador de todos los males es un libro duro y complicado aunque a la vez vierte un poco de luz ante la oscuridad de su temática. Puede que en el terreno profesional Siddhartha Mujkherjee sea seguramente un buen médico, pero es que en el terreno literario también es un gran contador de historias. Hay un respeto y una pulcritud deslumbrantes en su manera de decir las cosas y posiblemente ese respeto y pulcritud sean lo que convierte a la enfermedad relatada en un dolor mucho más leve y en un mundo mucho más accesible. El emperador de todos los males es, como bien dice el título, una biografía del cáncer, pero también una historia de su existencia, de sus metáforas, de sus víctimas y de las obsesiones de aquellos que durante años han querido combatirlo. Hay grandes nombres, inolvidables, mencionados a lo largo de libro. Hay ensayos fracasados, hay frustración, hay imágenes desgarradoras y terrible información. El emperador de todos los males, finalmente, podría resumirse como una pesada, astuta y firme declaración de guerra. Mukjerhee conoce al enemigo, y sabe que el enemigo es difícil, pero no quiere rendirse y por ello tiene que documentarlo: lo que se ha hecho, lo que queda por hacer.

Supongo que en otras circunstancias quizá no me hubiera interesado por un ensayo médico, sin embargo, como ya indiqué al principio, este libro no es sólo una historia detallada del cáncer. En él, Siddhartha Mukjerhee acerca un tema que ya hemos tratado mucho, el de la enfermedad (o la medicina) y la literatura, pero lo hace desde otro lado, lo hace no como poeta o narrador o ser sufriente, sino desde la propia enfermedad, desde ese punto intermedio en el que el médico se encuentra. Él es un espectador: mira al paciente -al escritor- y mira a la célula maligna -su obsesión-, (pues el uno no existe sin el otro y viceversa), y entonces trata de comprenderlos.

Es en este punto en donde quisiera contradecir a Susan Sontag como ya lo hace Mukjerhee en su libro. Los que seguís este blog habréis visto que unas entradas más abajo he anotado una cita con la que no estoy de acuerdo. En La enfermedad y sus metáforas Susan Sontag explica enfermedades como la tuberculosis como verdaderos acontecimientos esperados por quienes la albergaban. La tuberculosis, cuenta, era la enfermedad de los escritores, de los artistas, de los literatos. Estaba asociada a la creación, al amor, a la idea de plenitud y libertad, y, quien no la tuviera o muriera de ella, quien lo la ansiara... no era nadie. Añade Sontag que ante la tuberculosis, el cáncer no es una enfermedad literaria, esto es: el cáncer sigue siendo un tema raro y escandaloso en la poesía; y es inimaginable estetizar esta enfermedad. Mentira, Sontag, mentira. Tú misma la has estetizado y difundido dándonos este pensamiento. Y detrás de ti otros tantos. Hay tanta poesía en el cáncer como en el cielo, incluso más, diría yo, pues el cáncer lo conocemos, lo tenemos dentro, podríamos tocarlo si quisiéramos, abrazarlo, si nos atreviéramos. Siddhartha Mukjerhee es otra prueba de ello. Buena parte de la literatura contemporánea es otra prueba de de ello. Sin ir más lejos, Matar a platón, de Chantal Maillard, donde la poeta escribe para rebelarse sin provecho a pesar de la derrota ya prevista porque no hay rebeldía que no esté justificada, ni violencia que no sea, en el fondo, inocente; o bien, aquella novela que aún no he leído y de la que no paran de llegarme referencias -me llama, me está llamando- de Fritz Zorn, Bajo el signo de marte, cuyo narrador asegura, según puedo ver en una cita que Diego Zaitegui ha subido a Facebook: el cáncer es una enfermedad del alma. Y no le falta razón, ya hace siglos que el médico Claudio Galeno asociara la depresión al cáncer, siendo ambas, para él, las dos enfermedades provenientes de la bilis negra, intrínsecamente enlazadas. Así pues, el cáncer es melancolía. Un estado oscuro del alma. Bilis lírica, cosa que Siddhartha, Chantal y Fritz ya sabían. Cosa que Sontag negó y que sólo con su negación ya contradijo.

Otra de las cosas que me ha provocado la lectura de El emperador de todos los males es una profunda tristeza asociada no a la enfermedad sino a mis ganas de saber más: desespera. Es realmente desesperante introducirse en un ensayo divulgativo sobre un tema médico y darse cuenta de que una no sabe nada. No conozco nada sobre la medicina. No sé biología, ni anatomía. No conozco mi cuerpo por dentro e incluso lo desconozco por fuera. Por eso me emociona y me sorprende aún más que una persona como Siddharta Mukherjee sea capaz de dedicar su vida tanto a sus pacientes, como a la investigación y a la literatura. El emperador de todos los males está cargado de citas literarias y de referencias a grandísimos autores y deja en evidencia a cualquiera de los que entramos allí, sin saber exactamente a qué nos enfrentábamos.

Es curiosa, pues, esta relación entre la oncología y la poesía. Si Mukherjee es lector de Willam Carlos Williams, el oncólogo que actualmente está llevando a mi madre es seguidor, lector y comprador compulsivo de poesía. Literatura y enfermedad ad infinitum, dije al principio. Los oncólogos como espectadores y críticos de otro género que tan a menudo trata el dolor. Y es que al final algunas pasiones siempre acaban por parecerse. Quién nos iba a decir a aquel oncólogo almeriense y a mí hace un tiempo que nuestras obsesiones terminarían por cruzarse. Que, quizá, entre todos nuestros deberes, tareas y trabajo habría una cosa común en nuestros fines. Con la poesía o la medicina como arma, da igual, pues en este preciso instante los dos lucharíamos por una misma cosa: curar la a ella.  

Los libros de Damocle Edizioni viajan de los canales al desierto.





Hoy me ha llegado el contrato para el libro Musa ammalata, y muy bien acompañado por algunos de los libros de la editorial Damocle. Son libros pequeños, muy cuidados, con un papel suave que huele a imprenta. Están llenos de dibujos, de versos en distintos idiomas y algunos da miedo hasta abrirlos, no vaya a ser que los gatos que guardan salgan a arañarnos... Pierpaolo Pregnolato es el culpable de todas estas joyas. Aquí os enseño algunos, pero os juro que os encantaría tocarlos. 

13 agosto 2012

Resumen de la última semana: la iglesia frente al mar y todas sus medusas.



Decir que nada temo
sería faltar a la verdad.
La enfermedad, la humillación,
me atemorizan.
Louise Glück

1. Son estos meses rojos en los que a falta de un Dios cantamos canciones limpias.

2. Una bolsa azul con tu nombre y el del veneno.

3. El placer detrás de la infección. El placer siempre detrás.

4. He comido peces con espinas venenosas como tus venas ahora no quiero peces.

5. Son las enfermeras blancas de Ingeborg Bachmann. El uniforme azul para la batalla.

6. Son las enfermeras blancas de Stephen King. La medusa se pronuncia como náusea.

7. Eres tú, que te has ido, y tengo miedo.

8. Cuando digo "tú" digo "él" y digo "ella".

9. Pienso en mi padre.

10. Ayer volví al lugar de las quemaduras. Frente a esa iglesia marqué mi piel de cicatrices para siempre. Una iglesia frente al mar. A falta de un Dios,
canciones
cristales
salinas
marineros.

03 julio 2012

Valente Revival: mi lugar en el mundo.


Publicado hoy en El Cultural


Pisé el desértico mar del Cabo de Gata a los tres años. Mis padres me arrastraron hasta allí en lo que fueron sus primeras vacaciones como adultos, o padres, o lo que quiera que fueran en aquel 1994. Siete horas de tren hasta Almería, otra de autobús hasta el Cabo y huelga de basuras en aquel pueblo aún diminuto y (siempre) feucho. Bueno, todo pasó. El horror pasó. Lo feo pasó porque, cuentan mis padres, allí estaba ese mar, al final de todo, ese poniente inmenso, sólo horizonte, para no volver a querer mirar hacia atrás. Se enamoraron y desde 1996 no han dejado las tierras almerienses. Crearon allí su nido, también mi nido, con el Cabo como paraíso.
En aquel tiempo, durante los noventa, yo aún no era consciente de que por esas mismas tierras rondaba el poeta al que más tarde admiraría tanto: José Ángel Valente. Cuentan mis padres que a los siete años me llevaron a un recital suyo y que el poeta pasó un buen rato hablando de las maravillas del Cabo de Gata, de su parque natural y de su puesta de sol. “La puesta de sol del Cabo de Gata es la herida de Dios”, un poco cursi, en principio, esta metáfora, pero certera, porque si he de elegir un lugar y un instante precisos en este planeta, me quedo con el Cabo de Gata hacia las nueve de la noche y en verano, y con ese cielo magnífico y una cerveza del bar El Cabo, y las olas y el mar ahí, sí, ahí y el cielo ahí, sí, ahí... y no sé si será la herida de Dios lo que veo ante mí, o la herida de José Ángel Valente, llena de sal... y que ahora tanto echo de menos.


25 junio 2012

Habitáculo sudor habitáculo.

Deshazte de esa juventud
que te inunda el corazón
hasta llegar al pelo y a la boca;
toma el lugar de la tumba,
di la verdad del hueso.
Aleja esa juventud,
esa joya en la cabeza
esa respiración metálica;
camina con los muertos
ya que tienes miedo de la muerte.
Philip Larkin

La edición de El barco del norte de Philip Larkin está completamente subrayada por mi padre. No sé cuándo lo leyó ni me he molestado en mirar de qué año es el libro. Me preocupó más este hermoso poema que comenzaba con una errata "desazte" en el primer verso, en cuyo margen él anotó suavemente una pequeña "h".