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01 abril 2012

El tiempo de una vida nos separa y yo me corro.


En cuanto a mi cuerpo, prefiero no pensar en él; me repugna, vieja carcasa servil que engatusa a esa niña.
Jean Forton

Apenas había leído sesenta páginas de esta novela cuando puse el siguiente comentario en mi muro de Facebook: “no contentos con Lolita, ni con Monelle, ni con Alicia, ni con cualquiera de esas niñas perversas que aparecen también en el cine y en el arte, Blackie Books nos trae a la pequeña Isabelle, la Lolita de Jean Forton, en un libro (Ceniza en los ojos) que todos los que coleccionamos a estas criaturas malignas deberíamos tener en los estantes de nuestra biblioteca.” Y ahora, tras finalizar esta lectura después de varias horas intensas pegada a sus páginas, confirmo lo que adelanté en esa sentencia. Ceniza en los ojos no es otra cosa que una pieza de coleccionista para los amantes de la literatura de nínfulas: sensual, decadente, tan cruel... Así, Ceniza en los ojos es ese libro que surge de un Nabokov sin Nabokov. De un Schwob sin Schwob. De una Lisa Dierbeck sin Lisa Dierbeck. La historia pura. La pura impureza del amor prohibido Una narración punzante que provoca escalofríos de placer. Un entrenamiento: porque el amor no deja de ser el campo de entrenamiento de las desgracias y Jean Forton da cuenta de ello en cada embestida.

El protagonista de Ceniza en los ojos es un perdedor. El perfecto lúser, un hombre repulsivo y victimista que en ocasiones recuerda al Meursault de Camus en El extranjero, o incluso a una suerte de Michael Houellebecq aburrido y desquiciado que, con un golpe de suerte -el golpe de suerte que caracteriza las historias de estos hombres grises- consigue pasar gran parte de la novela follando con todas esas chicas hermosas que siempre había soñado: Lola, Anita, y la pequeña Isabelle. Lo más interesante en este punto es su capacidad de seducción, que, como en todas las historias de nínfulas, conforma un camino tortuoso, al tiempo que su eje narrativo. Se trata de la agonía. La agonía de la conquista. Violencia y cuidado para no espantar a esa niña con la que quiere acostarse a toda costa y a la que luego olvidará para siempre, pues, ¿quién quiere un cuerpo huesudo e inexperto? ¿A quién le interesa una cara angelical y tontorrona después del primer beso? ¿Quién quiere volver a ese agujero violado? ¿Para qué sirve una Lolita sino para ser despreciada al final de la conquista?

Ceniza en los ojos es una historia llena de erotismo y de rabia. Su lectura es tan sensual como exasperante. Su protagonista, además de presentarse como un obseso y un misógino nos muestra el lado más patético de los sentimientos del ser humano. Jean Forton lleva a cabo este proceso a través de un monólogo interior penoso en cuanto a las ideas expuestas: el mal de amores, el egoísmo, el fracaso, la cobardía y el miedo a la muerte. De este modo su narrador parece que sólo sepa enfrentarse a la vida a través del sufrimiento de los demás. Se compadece a sí mismo de ser viejo (cuando apenas cuenta treinta y cuatro años), se autoconvence de que su amor hacia esa niña es excepcional (cuando ella es ya una adolescente, tan o más loca que él, que seguramente adivinó las intenciones de este hombre  -y su fatal destino- mucho antes de que él planeara ponerle la primera mano encima). Lo dije sin haber apenas abierto el libro. Ceniza en los ojos es una joya para coleccionistas de historias que acaban mal. De hombres que dan asco. De niñas que son tan listas como las niñas y tan tontas como las niñas y tan corrosivas como las niñas... Y aún así, a pesar de lo previsible de esta historia, su interior no dejará de sorprender a los amantes de esos seres malignos y pequeños, tan importantes en nuestra literatura, en nuestra sangre y en nuestra selecta biblioteca.

31 marzo 2012

Lo obvio, siete soles, Barcelona y el puto cuerpo.

No sé qué hago en la Tierra, mi única certeza es que algún día me moriré. Este destino común a todos los hombres encierra algo tan absurdo que, si no fuera porque la vida diaria se encarga de distraernos, resultaría desesperante. Cuando me asalta la angustia siempre se produce algún hecho con el que no había contado y que me salva. Toda mi existencia se basa en el placer físico, de ahí que conozca sus altibajos. Con todo, no puedo quejarme. Soy como los gatos, siempre caigo sobre las patas. Será así hasta el final, o al menos así lo espero. 
Jean Forton

Una cita llena de obviedades, de ahí su hermosura. (¿Era David Foster Wallace el que decía que la poesía trataba lo obvio de una manera hermosa?) Animalitos inexpresivos en el mercado (esta mañana) y suena Grimes. Be a body. Be a body. Ser el cuerpo que te comes. Mi vientre crece al ritmo de la grasa del gato que crece, que crece. La grasa está llena de obviedades, de ahí su hermosura. Pensé que estaba embarazada. Pensé eso y sólo era sangre de otro. Sangre de gato. Hay que matar al gato para ser como él. Los amigos que no están. Los contenedores que arden. Correr por la ciudad y al día siguiente volver a no ser nadie. ¿De dónde nace el fuego? Barcelona: ceniza en los ojos. El humo en mí y vomité. Pensaba que estaba embarazada pero sólo era una rima y sólo era el plástico quemado. Una cita llena de grasa. La poesía es ese pensamiento vago que el ingenio ordena. Algas y frutas en el mercado (esta mañana) y suena el sol. El muy hijo de puta: ese sol.