
Esta semana he terminado
dos lecturas que me han llevado mucho tiempo (muchos dolores de
cabeza, muchas alucinaciones, mucha hipocondría) y de las que ya he
ido poniendo algo en este blog. Se trata de El emperador de todos
los males. Una biografía del cáncer, de Siddharta Mukherjee,
por un lado, y de La enfermedad y sus metáforas, de Susan
Sontag, por otro. Realmente la segunda lectura es un complemento de
la primera para poder comprender ciertos detalles del tema. El ensayo
de Sontag es una suerte de mapa literario a propósito, sobre todo,
de la tuberculosis y el cáncer, y de cómo las enfermedades han
acompañado a la creación a lo largo de la historia. Así pues, la
vida de una enfermedad no podría entenderse sin la vida literaria
que hay detrás de ella. Una tesis que también ratifica Mukherjee,
pues, según sus palabras hasta
un monstruo antiguo necesita un nombre. Bautizar una enfermedad es
describir cierto estado de sufrimiento: un acto literario antes de
ser un acto médico. El
autor de El
emperador de todos los males trata
la obra de Susan Sontag como un verdadero manual de medicina, aun
estando muy lejos de serlo, no hay capítulo en que no cite a la
ensayista norteamericana aunque sea, incluso, para contradecir
algunas de sus sentencias más arriesgadas. Ambos libros deberían
ser bibliografía obligatoria para todos los que han sufrido, sufren
o tienen cerca de ellos algún caso de esta enfermedad.
El
emperador de todos los males
es un libro duro y complicado aunque a la vez vierte un poco de luz ante la
oscuridad de su temática. Puede que en el terreno profesional Siddhartha
Mujkherjee sea seguramente un buen médico, pero es que en el terreno
literario también es un gran contador de historias. Hay un respeto y
una pulcritud deslumbrantes en su manera de decir las cosas y
posiblemente ese respeto y pulcritud sean lo que convierte a la
enfermedad relatada en un dolor mucho más leve y en un mundo mucho
más accesible. El
emperador de todos los males
es, como bien dice el título, una biografía del cáncer, pero
también una historia de su existencia, de sus metáforas, de sus
víctimas y de las obsesiones de aquellos que durante años han
querido combatirlo. Hay grandes nombres, inolvidables,
mencionados a lo largo de libro. Hay ensayos fracasados, hay
frustración, hay imágenes desgarradoras y terrible información. El
emperador de todos los males,
finalmente, podría resumirse como una pesada, astuta y firme
declaración de guerra. Mukjerhee conoce al enemigo, y sabe que el
enemigo es difícil, pero no quiere rendirse y por ello tiene que
documentarlo: lo que se ha hecho, lo que queda por hacer.
Supongo que en otras circunstancias quizá no me hubiera interesado por un ensayo médico, sin
embargo, como ya indiqué al principio, este libro no es sólo una
historia detallada del cáncer. En él, Siddhartha Mukjerhee acerca
un tema que ya hemos tratado mucho, el de la enfermedad (o la
medicina) y la literatura, pero lo hace desde otro lado, lo hace no
como poeta o narrador o ser sufriente, sino desde la propia
enfermedad, desde ese punto intermedio en el que el médico se
encuentra. Él es un espectador: mira al paciente -al escritor- y
mira a la célula maligna -su obsesión-, (pues el uno no existe sin
el otro y viceversa), y entonces trata de comprenderlos.
Es
en este punto en donde quisiera contradecir a Susan Sontag como ya lo
hace Mukjerhee en su libro. Los que seguís este blog habréis visto
que unas entradas más abajo he anotado una cita con la que no estoy
de acuerdo. En La
enfermedad y sus metáforas
Susan Sontag explica enfermedades como la tuberculosis como
verdaderos acontecimientos esperados por quienes la albergaban. La
tuberculosis, cuenta, era la enfermedad de los escritores, de los
artistas, de los literatos. Estaba asociada a la creación, al amor,
a la idea de plenitud y libertad, y, quien no la tuviera o muriera de
ella, quien lo la ansiara... no era nadie. Añade Sontag que ante la
tuberculosis, el cáncer no es una enfermedad literaria, esto es: el
cáncer sigue siendo un tema raro y escandaloso en la poesía; y es
inimaginable estetizar esta enfermedad.
Mentira,
Sontag, mentira. Tú misma la has estetizado y difundido dándonos
este pensamiento. Y detrás de ti otros tantos. Hay tanta poesía en
el cáncer como en el cielo, incluso más, diría yo, pues el cáncer lo
conocemos, lo tenemos dentro, podríamos tocarlo si quisiéramos,
abrazarlo, si nos atreviéramos. Siddhartha Mukjerhee es otra prueba
de ello. Buena parte de la literatura contemporánea es otra prueba
de de ello. Sin ir más lejos, Matar
a platón,
de Chantal Maillard, donde la poeta escribe para
rebelarse sin
provecho a
pesar de la derrota ya prevista porque
no hay rebeldía que no esté justificada, ni violencia que no sea,
en el fondo, inocente; o
bien, aquella novela que aún no he leído y de la que no paran de
llegarme referencias -me llama, me está llamando- de Fritz Zorn,
Bajo
el signo de marte,
cuyo narrador asegura, según puedo ver en una cita que Diego
Zaitegui ha subido a Facebook: el
cáncer es una enfermedad del alma.
Y no le falta razón, ya hace siglos que el médico Claudio
Galeno asociara la depresión al cáncer, siendo ambas, para él, las
dos enfermedades provenientes de la bilis negra, intrínsecamente
enlazadas. Así pues, el cáncer es melancolía. Un estado oscuro del
alma. Bilis lírica, cosa que Siddhartha, Chantal y Fritz ya sabían.
Cosa que Sontag negó y que sólo con su negación ya contradijo.
Otra
de las cosas que me ha provocado la lectura de El
emperador de todos los males
es una profunda tristeza asociada no a la enfermedad sino a mis ganas
de saber más: desespera. Es realmente desesperante introducirse en
un ensayo divulgativo sobre un tema médico y darse cuenta de que una
no sabe nada. No conozco nada sobre la medicina. No sé biología, ni
anatomía. No conozco mi cuerpo por dentro e incluso lo desconozco
por fuera. Por eso me emociona y me sorprende aún más que una
persona como Siddharta Mukherjee sea capaz de dedicar su vida tanto a
sus pacientes, como a la investigación y a la literatura. El
emperador de todos los males
está cargado de citas literarias y de referencias a grandísimos
autores y deja en evidencia a cualquiera de los que entramos allí,
sin saber exactamente a qué nos enfrentábamos.
Es
curiosa, pues, esta relación entre la oncología y la poesía. Si
Mukherjee es lector de Willam Carlos Williams, el oncólogo que
actualmente está llevando a mi madre es seguidor, lector y comprador
compulsivo de poesía. Literatura y enfermedad ad infinitum, dije al
principio. Los oncólogos como espectadores y críticos de otro
género que tan a menudo trata el dolor. Y es que al final algunas pasiones siempre acaban por parecerse. Quién nos iba a decir
a aquel oncólogo almeriense y a mí hace un tiempo que nuestras
obsesiones terminarían por cruzarse. Que, quizá, entre todos nuestros
deberes, tareas y trabajo habría una cosa común en nuestros fines.
Con la poesía o la medicina como arma, da igual, pues en este
preciso instante los dos lucharíamos por una misma cosa: curar la a ella.