Seguramente soportaré la despedida
pero un encuentro contigo, lo dudo.
Anna Ajmátova
Después del trabajo como traductora de El libro de Monelle, del que aún queda alguna revisión pero que, joder, lo fuerte ya está hecho, me he quedado varios kilos más delgada, con los pulmones desinflados y con las encías enrojecidas y sangrantes, tan sangrantes como un corazón, tan inflamadas como unos ojos después de la disputa, tan tristes como cualquier cosa triste, no sé, no sé más. Después de Monelle, decía, comienza mi trabajo de investigación sobre Anna Ajmátova, y el estudio de sus diarios, y el análisis de sus poemas, de su vida plagada de despedidas ante la muerte (como este fragmento que os copio), de su frío, ella: La Musa del Llanto. Reino Blanco/Musa Blanca/Reino Llanto/Blanco Manto de Verano. Todo es una rueda que gira pesada en mi mente derretida por el calor. Añoro el desierto. Si me derrito: que así sea. Que sea, todo, seso y sangre. Sexo y encía. El canto y la ceniza. Después de Monelle viene Anna, pero las dos forman parte de un todo. De un mismo malestar y de una misma pobreza. En enero yo pesaba 60. Hoy peso 56. Tus nervios me hacen adelgazar. Los nervios de ti me hacen comer y comer y adelgazar. No me compadezco, sólo os cuento porque no tengo nada que contar. Si me quedo en casa: paso el día desnuda. Si salgo de aquí: paso el día ebria. Si me quedo en casa paso el día ebria y desnuda. Como una pequeña bestia. Y mi canción vuela hacia la noche desierta... dice Anna. Y aquel corazón ya no responde a mi voz... dice Anna. Y en el universo enmudecido para siempre sólo hay dos voces: la tuya y la mía... dice Anna. Después del hambre. Carne picada. Flotamos. Y el mar: todo lo que hay aquí arde.



