
El camarero llegó con la carta de postres y Ana le dijo que sólo pediríamos café. Yo quería un café con leche, pero Frank me explicó que en Francia el café con leche es un gran tazón lleno de café y leche, pide mejor un cortado- dijo. Le di la razón, algo en el estómago se me movía después de tanto vino de cumpleaños y no quise provocar ningún mal en mis interiores a causa de las mezclas…
Volvimos a casa callados. A mitad de camino Ana y Val hablaron de tiendas y de ropa. Yo cogí del suelo un folleto que anunciaba clases de Kung-fu, con un tío calvo haciendo posturitas, y lo guardé en el bolso. Valentine al verme cogió otro y nos reímos juntas.
Cuando llegamos a casa entré en mi habitación y vi la pantalla del portátil con la foto de Jacinto, ¿qué coño hago aquí?- pensé. Y me puse a hacer los deberes de Historia que tenía para el día siguiente.
A las cinco llegaron los abuelos de Valentine. Tomamos té, tarta helada y hablamos de la repostería francesa. Fue entonces, al sentir la nata y el helado de frambuesa en mi boca, cuando comprendí qué estaba haciendo yo sola, sin padres ni amigos, en este dulce, dulcísimo país.





