16 diciembre 2014

Padre (o cuando Clearblue vuelve a dar negativo).

Jessica Rowe

Lucy me pidió un poema para Shabby Doll House, la revista que dirige junto a Sarah Jean Alexander y, en este numero, Stacey Teague. Yo acepté pero tardé mucho tiempo en enviarle un poema. Decidí escribir algo nuevo, algo rápido, algo que yo estaba escribiendo, o rumiando, o qué sé yo, pero que vio su nacimiento en un vuelo de Madrid México City el día 24 de noviembre de 2014, o ya casi el 25, en la madrugada del cambio de horario, un día en que mi madre debería haber cumplido 42 años y un día en el que yo me lamentaba, otra y otra vez por esas pruebas de embarazo que se acumulan en la papelera de nuestro cuarto de baño. El otro día dije en Facebook que he escrito más después de México que en todo 2014 y es verdad. Ya sólo la idea de cruzar el océano me dio este pequeño texto que en Shabby Doll House aparece en una versión anterior, y traducido al inglés por el magnífico Luis Silva. He escrito más, y seguiré escribiendo, y creo que algo va a cambiar. No sé. No sé. Me encanta decir que no sé. Ya lo habéis visto. 

PADRE (O CUANDO CLEARBLUE VUELVE A DAR NEGATIVO)

padre sale de casa con las ojeras
padre tiene asco y tiene náuseas
padre clava su polla en la vagina enferma
padre quiere un hijo con un nombre sencillo, convencional
padre no sabe que madre gasta dinero en pruebas de embarazo
que madre se mira al espejo y llora desconsolada
que madre tomaba drogas y teme la esterilidad
padre sabe que en ocasiones lo maternal es un capricho
un obvio remedio a la muerte o una venganza de vida
padre no sabe que madre escribe estas palabras mientras cruza el océano hacia méxico
madre no sabe que mientras tanto padre se hace pajas pensando en la vagina enferma
padre y madre se echan de menos y tienen ojeras y tienen náuseas
padre y madre gastan todo el dinero que ahorran en cócteles de penicilina
padre y madre no son padre y madre
padre y madre se aman hasta los huesos y te aman hasta los huesos
padre y madre quieren que vengas
padre y madre tendrán asco y tendrán luto hasta que no puedan nombrarte

10 diciembre 2014

Escribo esto mientras recuerdo la mañana soleada en San Martín de las Flores.


Perdón al hombre por el hombre
Juan Carlos Mestre

creo que tengo hojas
creo que me florezco
estoy convencida de que los árboles son abuelos feos que nos piropean con sus ramitas
ay
deja de escribir diminutivos como si estuvieras enamorada
ya sé, ya sé, ya sé que has estado de viaje y que cuando uno regresa al hogar después de haber visto
otra tierra
los ojos duermen distintos
las pupilas arden aún
las interrogaciones son tantas
vámonos a vivir a ese lugar donde las cucarachas pasean con soltura
y donde los gatos no habitan los vertederos
porque la basura, ay, la basura
está llena de huesos

creo que tengo exclamaciones
creo que me entumezco
tener 24 años aquí es como ser viejo o como ser tuerto o como ser
carne para los asesinos
para los policías que se llevan descalzos a los muertos
cuántos huesos
cuántos huesecitos pequeños
cuánto redundar en lo redundado redundar en la muerte
ay ay
vámonos a vivir a ese lugar donde las palabras de amor no existen
porque todos los que lo habitan tienen hambre
y porque todos los que ahora lloran conocen nuestra historia

te explico: en san martín de las flores, aquí en tlaquepaque,
los autóctonos no fueron conquistados
se nota en sus facciones
lo reivindican en sus costumbres y comen rana,
me cuentan que comen ancas para ahuyentar a los demonios
yo he llegado a san martín de las flores y hay una voz que me susurra
detesto a los españoles de antes
detesto a los conquistadores
llegaron con enfermedades y con muerte
llegaron a machacar nuestros huesecitos
con su muerte

creo que tengo angustia
creo que me florezco
hace cientos de años de esas historias
y yo llego a san martín de las flores con todas mis enfermedades
la diabetes mellitus el cáncer de ana
la cándida que me hace estéril
la miopía desmesurada
ay
qué país
qué desierto
he venido a comérmelo todo
y creo que me amo
y creo que nos entiendo
perdón al sol por el sol
perdón al hombre por el recuerdo 

07 diciembre 2014

Escribo esto mientras me arranco la costra de una herida y pienso en mi padre.

¿Para qué sirven las cicatrices?
Jesús Carmona Robles 

Me gustaría comenzar todas mis frases con un ¡mira!, o quizá con un oye tío fíjate en esto.
La poesía es fijarse en esto y en aquello,
tal vez,
detenerse en lo que nadie se detuvo porque mira: aquí tengo una cicatriz pequeña y una herida que me hice en México y que todavía sangra. Mira, mira lo que te estoy contando, mira lo que te estoy señalando, mira lo que me estoy mirando, adoro nuestra voz, adoro esta voz que nos anuncia a todos, esta repetición que nos vuelve niños, este bla bla bla bla güei.

Sí,
está sangrando.
La herida oceánica está sangrando hasta el punto de envenenar lo purísimo de mi pijama blanco. Me gustaría comenzar todas mis frases hablando de un pijama, o de una manta, o de una leche que se calienta entre mis manos arrugaditas por el agua. ¿Para que sirven las cicatrices?, pregunta un loco. Y para qué sirvo yo en este lugar y a esta hora exacta si aún tengo sueño, si aún estoy sangrando en homenaje a aquel mosquito furioso que se bebió mis miedos en cualquier noche contaminada de Guadalajara. 

Las cicatrices sirven para recordar.
No.

Las cicatrices sirven para decir lo he superado.
No.

Las cicatrices sirven para escribir un poema.
No.

Las cicatrices sirven para saber que estamos vivos.
Ni de coña.

Las cicatrices son tan bonitas como los labios de mamá.
Es probable.

Las cicatrices son una muralla.
Sí.

Las cicatrices son un órgano sexual.
No.

Las cicatrices son eso que no quiero enseñar porque me da vergüenza.
Como un órgano sexual.

Las cicatrices no sirven para nada.
Sí.

Me gustaría comenzar todas mis frases con un tengo vergüenza, o bien con un estoy sangrando.
La poesía es sangrar sobre esto y sobre aquello,
tal vez,
derramarse en lo que nadie se derrama porque mira: el mundo sigue abierto. El mundo se está abriendo en cada una de nuestras sonrisas. Me gustaría sentirme libre incluso si lloro. Los labios rosados de mamá me recuerdan cuánta depresión, aunque luego también me acuerdo de que la vida en realidad es como un especial de Navidad de una sitcom gringa. Al principio empieza tristísimo, pero hacia la mitad ocurre algo maravilloso y heroico que nos vuelve a reunir a todos.

La cicatriz es celebración. 

Porque oye, tío, fíjate en esto:
ahora estamos cantando. 

06 diciembre 2014

Escribo esto mientras cruzo el océano de vuelta al hogar en Aeroméxico 1148.


Aleksandra Waliszewska

No tengo a nadie a quien rezar, pero sí tengo a quien decir ‘te necesito’.
Pensaba esto en el camino de regreso: varias horas cruzando el océano,
varias horas comiendo galletas de fresa en París, varias horas mirándote
mientras duermes, dan para mucho. Dan para demasiados sentimientos
como hormigas subiendo y bajando por los párpados de mi jet lag. Así,
así me imagino la palabra amor, y la palabra sueño, y el verbo envejecer.
Así, así me entretengo repasando tus afiladas cejas mientras la noche
de Barcelona es diamante, y en su cielo no hay nada salvo una luna gris
a la que no sé rezar. 

30 noviembre 2014

Mi juventud pide merced para cantar.







Caminábamos, caminábamos en la noche sintiendo el olor aún de la canción. Habíamos ladrado con un micrófono los camiones hacían ruido pero eran tiernos. David quiso la muerte de México y Jesús confesó al público que ya no hay espacio para hacer comparaciones con el amor. Aquí estamos reunidos los enfermos, los que hoy tenemos júbilo, los que brindamos la delgadez de Sonrics la belleza de Xel-Ha, la diminuta pero intensa juventud de Rangel. Mira, estamos Aleida y César tomándonos unas cervecitas, cotilleando en el hotel, pensando en la belleza de Alonso. No manches, Luna, no manches. Que toca despertar del sueño y el trabajo se acumula en la computadora y quieres escribir sobre los terroristas que llaman terroristas a los poetas pero en realidad son ellos los terroristas, cabrones terroristas. Caminábamos, mira. Caminábamos después de que Pablo nos cantara unas canciones y mira, mira cómo os estoy amando esta noche mientras me quedo dormida en un sofá de Zapopan. Me reconozco en el acento de Alex, me reconozco en nuestros países no tan lejanos. Que once horas no son nada comparadas con las once vidas que querría vivir para estar a vuestro lado. Caminábamos por una calle infinita. Allí eran las tantas y en mi país todo amanecía. Caminábamos y yo imaginaba a mis gatos relamiéndose, a mi marido tecleando con fuerza, a mis poemas sobre la maternidad burlándose de mí en una carpeta de Dropbox. Mira, aún no soy mamá pero me siento la mamá de todo esto. Abrazo a Aleida y abrazo a Alex y abrazo a Jesús que me presta su chaqueta para el frío extraño de Jalisco. Creo que me he enamorado de las estrellas, de la contaminación, y de esta salsa picante que me consume el estómago y me achina los ojitos. Quiero estar aquí, quiero quedarme aquí, quiero largarme de esta carretera oscura porque no tengo miedo pero tengo vergüenza. A veces pienso que mi hora termina y que no puedo seguir jugando a ser joven poeta, qué tonto pensamiento eh, qué tonto. No manches, Luna, no manches. Empieza a sangrarme el dedo y ensucio el poema que alguien me ha regalado esta noche. Estamos felices, pienso, pero miro a mi alrededor y me pregunto cuántos de nosotros habremos intentado alguna vez suicidarnos. Pero miro alrededor y también me digo que ninguno vamos a morir, ninguno, sin haber cumplido al menos uno, dos, tres, cuatro, cinco, mil millones de sueños. Me pongo la máscara de Dante, desnuda en el hotel, bailo en bragas negras frente al espejo y me creo de Tijuana. Tengo el pelo azul. Estoy cansada. Creo que mi marido ya se ha despertado al otro lado del charco y le pido que me entretenga que me ayude a superar el Jet Lag, que no puedo dormir porque estoy leyendo un poema demasiado bueno y porque sólo me he tomado tres cervezas. No sé. No sé. Caminábamos y pensaba en mis bebés, y pensaba en mi trabajo, y pensaba en mi vida, y pensaba en mil novecientos noventa, y pensaba en mi carrera, y pensaba en mi madre, y pensaba en todos vosotros, y pensaba en que por qué habría dejado de fumar y pensaba en que quiero que mi matrimonio sea siempre tan entrañable como el de Ricardo Limassol bailando con su esposa una canción de fiesta en mitad del Primer Piso. Debo tener el corazón muy pequeño porque a veces siento que explotará con todo lo que guardo dentro. Caminábamos y me dolían los tobillos. Y aunque hoy, ahora, me siento vieja: tiemblo de sólo pensar cuánto  y cuánto queda por delante.  Que es mucho. Que es mucho. Que es mucho y huele a color violeta. 

15 noviembre 2014

Arrancaste estos dientes con un hilo.

Jessika Tarr
La semana pasada la fotógrafa Dara Scully estrenó el pequeño libro Dientes de leche, en el que un montón de poetas a las que admiro escribían sobre la infancia, lo salvaje de la mirada de los niños, y la animalidad de sus cuerpos crecientes. Daniela Camacho, Natalia Litvinova, Carmen Juan o Ruth Llana, entre otras tantas, ponían voz a esa infancia que tan atrás quedó, y a la que a veces queremos regresar, porque sólo significa refugio. Hace unos meses Scully me pidió un texto perteneciente al libro Pensamientos estériles, y yo le dije que sí. Sin embargo, un poco después, me di cuenta de que tenía que escribir algo nuevo. Últimamente he abandonado algo este blog (siento que si hablo sólo os contaré lo mismo, la misma pena, los mismos dolores, el mismo no saber), pero quiero compartir con vosotros este texto que me inspiró Dientes de leche, y que sin la oportunidad que la joven fotógrafa me brindó no habría podido ser escrito. La bonita antología digital la podéis leer aquí. Mi texto, os lo copio a continuación. 

ARRANCASTE ESTOS DIENTES CON UN HILO

no me gusta la leche
y eso no quiere decir que no sea buena
Letitia Ilea

Aprendo lo que significa sarro cuando aprendo lo que significa diente.
Mamá escondía mis incisivos entre sus tesoros,
quería que el recuerdo de la infancia mordiera al recuerdo del tiempo,
quería, quizá, que algún día yo los encontrara tan tiernos y tan brillantes
como al principio. Aprendo lo que significa basura cuando aprendo
lo que significa luto. Tiro entonces las muelas, los colmillos,
las ridículas gotas de sangre seca que aún huelen a empaste y a anestesia
en aquellas pequeñas cajas de madera que guardaba en su cajón.
Me deshago de mis dientes. Me deshago del recuerdo, lo tiro a la basura
porque lleva consigo palabras que no quiero. Aprendo que ahora el sarro
se parece demasiado a las cenizas. Mi boca. El sabor grisáceo de la
muerte. Mi boca. El sabor grisáceo de los dientes blancos. Mi boca.
Me atraganto impaciente con su leche. La bebo hasta que eructo o la bebo
hasta que lloro. Aprendo lo que significa lágrima cuando aprendo
que ella se ha marchado y que mis manos y mis ojos y mi infancia
fueron su mayor tesoro.  

06 noviembre 2014

24.

Empecé a poner números, y de nuevo llegué hasta aquí. 
Menos mal que te acabas ya, menos mal.