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25 noviembre 2012

Madre de todas las flores.


tres secos golpes de alas (más pájaro que mariposa) dentro
del corazón
y luciérnagas
unas pocas y débiles luciérnagas encendiendo y apagando
sus fanalitos
por la tupida oscuridad de la cabeza
no hay aire -ni dolor- en la cerrada mansión de la durmiente

María Rosa Maldonado


Cuanto más leo sobre la enfermedad, más cuenta me doy de que es un tema del que cada vez sé menos. Cuanto más leo, más aspectos desconocidos descubro. Más lecturas pendientes acumulo... Hay tanta literatura a propósito. Hay tantas enfermedades sobre las que escribir. Hay tanto por leer. Hay tanto por saber: y, lo cierto, es que no sabemos nada.

Lo pensaba a raíz de una de mis últimas lecturas, el libro Atzavara (kriller71edicioes, 2012) de María Rosa Maldonado. Una especie del canto a la mente (¿enferma o curada?) a la medicina (¿o al veneno, o al litio?), a la enfermedad (¿o a la vida, acompañada de ella?) o a la poesía que nace de la enfermedad (¿como una flor surgiendo en tierra estéril?). Pero aquí, Atzavara de María Rosa Maldonado no es una flor. Pero aquí, Atzavara de María Rosa Maldonado son miles de flores surgiendo del lado más oscuro de nuestras vidas, pues con un lenguaje áspero y una dificilísima ordenación de los versos, los sentimientos y las referencias, consigue finalmente mecernos. Darnos la enfermedad. Darnos la flor. Darnos su propia y particular medicina.

Con todo la autora me ha recordado a una especie de Ingeborg Bachmann a la que le han robado los verbos, a una especie de Joyce Mansour sin pasillos, o a incluso a una suerte de Leopoldo María Panero, sumergido en la brevedad de un destello.

Quería contaros además que este es la segunda publicación de la joven editorial kriller71ediciones. La encontré un día en mi buzón gracias a la generosidad de su editor, Aníbal Cristobo. Hoy he puesto una cita de María Rosa Maldonado en Facebook (que ha gustado mucho, y que arriba vuelvo a copiaros) y más tarde le he dado las gracias al editor en un mensaje privado. “Me ha encantado el libro de Maria Rosa”, le dije, pensando yo en ella como en una suerte de autora secreta que el Cristobo venía de descubrir. “Me alegro”, respondió él, “es mi madre”. 

Entrañable. Pensé entonces. Y en mi me mente se reconfiguraron todos los esquemas: Enfermedad + Literatura = Familia = Enfermedad + Literatura = Sus flores. Ad infinitum.