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18 mayo 2014

La belleza de tu nombre.



He mirado largamente el resplandor de tu ausencia que me ha parecido más dulce, más poderosa que todas las presencias. Por ti he sido pescador en la tristeza del océano, he sido labrador en la sequedad de nuestras tierras, por ti me he asomado sobre las gentes desde el balcón de mi pobre residencia, he gritado a la multitud la belleza de tu nombre.
Juan Eduardo Cirlot

04 abril 2014

Estás en Cartago.


-¿Eres verdaderamente cartaginesa?
Se oye la sonoridad tirante del océano; las aguas me rodean. Como una inmensa puerta que se desgajase en medio del horizonte, se abre el resplandor de mi tristeza. Yo no estoy solo. No puedo desasirme de las negras substancias que me integran. Toda la tétrica antigüedad, todo el metálico procedimiento del devenir racial, rugen en el subterráneo de mis entrañas solemnes. Las aguas me circundan. Quiero apartar de mí los pesados cortinajes interiores. Quiero olvidar la contextura de los cercados corroídos por el ácido temporal. Quiero cegar los ojos de las puertas y desclavar mi corazón de las patrias exterminadas. Quiero sumergir el navío pálido de tantos siglos humildes y prolongados. Quiero cubrir mi mano derecha con la tela de un cielo unívoco. 
Juan Eduardo Cirlot


Muéstrame cómo fabricar un barco de papel, le rogué. 
Mejor te enseñaré cómo quemarlo, respondió.

04 agosto 2012

Mi templo profanado era el de los animales (segunda parte).


He aquí que las murallas son santas y que las cicatrices son bellas.
Juan Eduardo Cirlot

Pisad mi templo de huesos porque nada temo, porque no tengo más que huesos y cierto hipo profano (ni siquiera el silencio se respeta, no hay homenaje para los enfermos). Yo siempre he querido la salud pero nunca la he encontrado y el cielo se reparte entre los pobres porque es sólo aire. Un poco de aire, un poco de blanco. Por qué nos prometen las nubes si apenas se puede respirar. Pisad mi templo. Pi-sad-mi-tem-plo. Acaso habéis visto el tamaño de esta cicatriz, acaso habéis sentido la arcada ante la roja carne que no es sino una muralla entre lo moral y lo inmoral, entre mi estómago y mis sentimientos, entre tú y... Pisad mi templo largamente como la extensa mirada que el poeta requiere. A qué estáis esperando. Acariciad mi tumor. Quien quiera adorarlo tiene su consentimiento. 

Mi templo profanado era el de los animales.


Siempre hay un templo en el centro de las tinieblas del hombre o del perro solitario.
Juan Eduardo Cirlot