25 agosto 2020

There is no great art period without great lovers (Hilda Doolittle).

Un adelanto de 'Jugo', un cuento erótico —más o menos, ¿o es un cuento que luego se convierte en poema y luego en ensayo?— que publico en (h)amor_húmedo, antología de amores y placeres de Continta me tienes, a la venta el 7 de octubre. Aviso: en estos dos primeros fragmentos hay versos escondidos de H.D., Algernon Charles Swinburne y Safo.


I

La desaparición de un hematoma suele durar alrededor de dos semanas, pero las marcas que Ezra dejaba en el cuerpo de Hilda cada vez que hacían el amor podían decorar la piel de la poeta durante más de un mes. No es que Ezra se comportara de manera violenta: los encuentros entre ambos escritores sucedían tan ágiles que ni siquiera les daba tiempo a hacer teatro. Alguna vez ella le suplicó que le golpeara con la palma de la mano muy abierta contra su rostro enrojecido por el esfuerzo de montarle; en otra ocasión, cuando coincidieron en la habitación de hotel de un festival literario al que les habían invitado, él le pidió que lo asfixiara con esas manos suyas, tan pequeñas y tan blancas. Tal vez fuese precisamente la candidez de su piel lo que retenía el púrpura del hematoma durante largas semanas. El contraste entre la mancha de la pasión de Ezra y la palidez de la carne de Hilda hacía pensar en una hilera de gotas de jugo de cereza desperdigadas sobre un mantel blanco. El color del hematoma cambiaba con las horas. Solía ser a la mañana siguiente de acostarse, mientras se duchaban juntos en el diminuto cuarto de baño de la buhardilla que él alquilaba en Madrid, cuando descubrían la nueva cosecha de moratones. La primera vez ocurrió así: Ezra estaba concentrado en enjabonar el pubis de Hilda, cuando se fijó en que en su muslo derecho había nacido una suerte de extensa nebulosa de polvo azul, en una zona que él no recordaba haber mordido o presionado con excesivo ímpetu. Ninguno de los dos imaginaba qué podía haber pasado, y ella ni siquiera sentía dolor en la zona. Con el paso de las horas, ya de vuelta a casa en el último tren, Hilda observó que la nebulosa había comenzado a mutar: de centro azulado y casi negro, sus bordes eran burdeos, similar a un golpe vehemente contra una pieza de fruta madura, ella pensó que sería especialmente tierno que a Ezra se le ocurriese apodarla “melocotón”. Dado que aún no tenía la suficiente confianza como para pedir tal cosa a su amante, prefirió escribirle un poema de cuya existencia tampoco le notificaría nunca.

 

 

II

«querido mío / los días previos a nuestro encuentro imaginé tantas cosas / un largo paseo en un dichoso día de verano / que fundía tu cuerpo con el mío / te husmearía los genitales / me husmearías el sudor / con el que regaríamos tu sábana estival / eres magnífico / tus brazos son fuego / creo que un amor que se practica hace tangibles las fantasías de otro tiempo / que un amor que se solidifica las convierte en hechos / en gemidos cuantificables o en elasticidad / en recuerdos reales que al fin atesoro de ti / querido mío / el hematoma de mi muslo crece a lo largo y ancho / de toda esta piel / yo me había propuesto no escribir piel / en los poemas que te dedicara / pero al pulsar con el índice el hematoma / —que no duele / que sólo es púrpura / o líquido del color de las cerezas que lamías / por la noche en la azotea de Anactoria— / al pulsar con el índice el hematoma / he sentido la necesidad de repasar el vello / de tu pecho con mis dientes / tu saliva contra mi rostro era plata líquida / bolita de mercurio derretida sobre mi muslo / tan púrpura de quererte en la distancia / si escribo sobre tu sexo —esa leve mancha / de cereza que tiembla en mi boca / similar al espasmo— tu sexo —leve piel / u hoja— si escribo sobre tu sexo —fruta / que devoro sin reparar en la delicadeza— / es porque sé que si lo dejo pasar / mi memoria te inventaría / como tú eres nuevo para mí / diferente / pero de un reino muy / muy antiguo / porque no quiero guardar el recuerdo deformado de tu sexo / sólo quiero que mi lírica se ajuste a la escritura / de cuanto mi boca succionaba —la cereza / el glande / todas las palabras de amor que me prohibía entonces / pero que me arrollan ahora que estoy sola /de camino a un mar en el que nunca / nadaremos desnudos / pues es en su costa donde mi esposo me espera /  impaciente— / querido mío / el mar se lo concedo a nuestra imaginación / tú y yo felices como la boca que canta / cada cual más blanco en su interior / la chicha de una fruta pequeña / melocotón que devoramos sin delicadeza / pero con avaricia / o tal vez con clarividencia / tu cuerpo y el mío frente al ficticio mar / porque después del sexo yo imagino / más sexo / y después del beso imagino / más beso / y después del poderoso círculo de tu pelo rapado imagino / más poema / —incluso si no conozco demasiadas palabras / y en verdad mi escritura se reduce a esos pocos gestos / que tú ya has visto— / querido mío / no te hablo así buscando propiedad / no es un mío de posesión sino de ceremonia / más bien la letra que me concede esta vulnerabilidad / que tu amor precisa / espejo cóncavo de lo que yo puedo darte / que es el puñado de gestos ya pronunciados / o la imaginación / para decir mío en lugar de decir lejos / tal vez mío sea sólo otra forma de ofrecerte la flor  / de mi boca / yo que carezco de tus mitologías / yo que no hablo las lenguas de tus ídolos pero que mancho / —oscuro aliento de cereza— / es extraño que desee / ver así tu rostro / y aunque al verbo desear sepa conjugarlo / su rima me golpea como a una dichosa fruta de verano».

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